El tercero de los argumentos de Penelas contra el veroteleologismo de Bilgrami es el siguiente:
AV3
(1)Si algo no hace una diferencia en la práctica, no debe hacerlo en la filosofía.
(2)La práctica de buscar la verdad consiste en la eliminación de la duda.
(3)La práctica justificatoria consiste en la remoción de los desafíos planteados contra mi creencia.
(4)La remoción de desafíos elimina la duda.
(5)Las creencias libres de duda son verdaderas.
(Conclusión 1)En el contexto de la investigación, la práctica de buscar la verdad no difiere de la práctica de buscar la justificación.
(Conclusión 2)No hay diferencias filosóficas entre verdad y justificación.
(Conclusión 3)La verdad como meta de la indagación es, en el mejor de los casos, no más que una herramienta retórica para aludir a la idea de que la indagación tiene a la justificación como meta.
Cualquiera de todas estas conclusiones es inaceptable para Bilgrami, y la inferencia de cada una de ellas parece depender, al menos, de la verdad de las premisas 1-5. Por tanto, para impedir la legítima postulación de cualquier de las conclusiones, Bilgrami debería objetar al menos una de las premisas. Me parece que Bilgrami debería de hecho rechazar dos de ellas, dada la teoría que defiende. Para empezar, debería rechazar la premisa (3). Es falso que la práctica justificatoria consista en todos los casos en la remoción de desafíos planteados contra la propia visión del mundo. Una situación posible en la que esto no se cumple es aquella en la que debe evaluarse, esto es, evaluarse la justificación de su incorporación al conjunto de creencias (de proposiciones aceptadas como verdaderas) de dos creencias empíricas mutuamente contradictorias, ninguna de las cuáles desafía el conjunto de las propias creencias, i.e., es contradictoria con algún subconjunto de la propia visión del mundo. Este es el caso en el que en condiciones más o menos normales estamos obligados, como consecuencia del propio proceso de indagación, a aceptar una de estas dos proposiciones: ‘el pizarrón del aula 234 es verde’ o ‘no es cierto que el pizarrón del aula 234 es verde’. Entonces, como (3) es falsa, no podemos obtener la conclusión 1, ni por tanto la conclusión 2, ni tampoco la conclusión 3. Pero, como indicamos, Bilgrami está obligado a decir más.
Bilgrami debe también rechazar (2). La maniobra de Penelas es indicar que la práctica justificatoria, así como la práctica de buscar la verdad, son la misma práctica porque el objetivo de ambas es remover los desafíos planteados contra la propia visión del mundo/eliminar la duda (planteada por desafíos a la propia visión del mundo). Negar (2) es negar que la norma de buscar la verdad se agote en eliminar la duda planteada con respecto a un subconjunto de las proposiciones integrantes de la propia visión del mundo. Y en efecto, no lo hace, porque también es parte de la práctica de buscarla verdad, y no de la de proveer justificaciones, el desideratum de ampliar lo más que se pudiere el número de proposiciones ciertas (en particular, el número de un tipo específico: el de las leyes empíricas –cuanto más generales, quizás (sólo quizás) más importantes). No hay correlato para este impulso en la práctica justificatoria. Ella, tal como la entiende Bilgrami, consiste en efecto en la supresión de la duda o del desafío a creencias firmemente establecidas. Así que Bilgrami diría que (2) es falsa. Y sin (2) no tenemos ninguna de las conclusiones del caso. (Y así Bilgrami evita tener que brindar otra práctica, una no-justificatoria, con la que remover dudas (la práctica de buscar la verdad).)
Además: si las prácticas de buscar la verdad y buscar la justificación son la misma práctica, ¿por qué presumir, como hace Penelas, que ‘buscar la justificación’ es un mejor nombre para esa práctica que ‘buscar la verdad’ (en la conclusión 3)? Puede que cuente con argumentos independientes para ello; de modo análogo, es posible que haya quién detente argumentos similares para preferir el nombre ‘buscar la verdad’.
Una última observación con respecto a AV3. Penelas concluye suscribiendo una concepción de la indagación que atribuye a Rorty, según la cuál la meta de la indagación sería el consenso, entendido como acuerdo comunitario. Una vez conseguido el consenso, finaliza la indagación.
Lo primero a comentar es que no parece razonable pensar que la indagación pueda detenerse. Hay creencias formándose de continuo, hay nuevos vocabularios puestos en circulación que disparan nuevos interrogantes, que establecen la posibilidad de forjar nuevas relaciones entre creencias (en sentido bilgramiano), que instan a desarrollar nuevas teorías, todo lo cuál reabre, de continuo, la indagación. Pueden aparecer incluso nuevas (sub)prácticas epistémicas, útiles y estimulantes en sentidos no imaginados hasta ahora. (Rige aquí una actitud parecida a lo que gobierna al uso cautelar del predicado de verdad: puede que el futuro sea mejor en sentidos que no podemos imaginar –pero que reconoceríamos como tal (como mejor) de toparnos con él, de poder hablar con los contemporáneos de ese futuro. Puede haber clausuras, pero son clausuras sobre las que pende de continuo la espada de Damocles del falibilismo: eventualmente, puede convenir deshacernos de ella. Son ‘certezas’, son creencias sobre las que, razonablemente, no se tiene dudas (acerca de su condición de verdaderas). Lo importante en la oración anterior es el adverbio. Porque no se puede ser falibilista y decir más que eso.
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