¿Qué es un par
epistémico? Hay algunas notas distintivas que parecen claramente asociadas a
esta idea. Un par epistémico debe tener similar inteligencia, lucidez,
capacidad de análisis, un funcionamiento parecidamente eficaz del aparato
perceptivo, siempre que las proposiciones en cuestión sean perceptivas. Esto
apunta a una segunda característica: no se es un par epistémico sin más (esto,
a lo sumo, sería un caso límite), sino relativamente a un conjunto o tipo de
proposiciones –que pueden o suelen determinar un ‘tema’. Dentro del ámbito
filosófico, se puede ser un par epistémico con respecto a los hacedores de
verdad, el pluralismo lógico o la epistemología del desacuerdo. (Estos serían
los temas.) Una tercera característica es un comportamiento igualmente eficaz
en la identificación del valor de verdad de ese grupo de proposiciones –o el
grado de confianza que se debe tener en ellas, dado un cierto cuerpo de
evidencia- en el pasado. Es decir, la paridad epistémica está determinada por
el comportamiento pasado. (Aunque podría sostenerse que esto no es así, que el
comportamiento pasado solo nos da un indicador confiable para atribuir paridad
epistémica a un individuo, pero que nada impide que otro sea un par aunque
nunca, hasta ese momento, se haya puesto a evaluar el valor de verdad de –o el
grado de confianza que debemos tener en- esas proposiciones.) Esto, y no una
actuación determinada, es lo que tiene mayor peso. Es decir: parece que alguien
puede ser un par epistémico y equivocarse en la evaluación de la evidencia –a
la hora de determinar cuánta confianza tener en una cierta proposición- y
seguir siendo un par. Pero no basta con responder de la misma forma a la
evidencia para serlo. ¿Algo más? Acaso sí.
Pensemos en el
siguiente ejemplo, presentado por Thomas Kelly en “Peer disagreement and higher
order evidence”:
Sos un
matemático profesional. Dentro de la comunidad de matemáticos, existe un cierta
conjetura de importancia sustantiva y enorme interés –llamémosla “La
conjetura”. Puestos a especular, la mitad de los matemáticos cree que es
verdadera, y la otra mitad, que es falsa, pero todos acuerdan que no existe una
base firme para afirmar ni una cosa ni la otra. Pero un día ocurre lo
inesperado: en la soledad de tu estudio, lográs probar “La conjetura”. Sobre la
base de tu prueba te volvés extremadamente confiado, y de hecho estás
prácticamente cierto de la verdad de “La conjetura”. Dado que tu alto grado de
confianza está basado en una prueba genuina de “La conjetura”, a la que
reconocés como tal, estás plenamente justificado. Más tarde, le mostrás tu
prueba a un colega. Par tu sorpresa, tras examinar detalladamente la prueba, tu
colega declara que es incorrecta. Aún más tarde, le mostrás la prueba a un
segundo colega, que reacciona de modo análogo a cómo reacciona el primero. Lo
mismo pasa con un tercer y un cuarto colega. Cada uno de ellos forja su opinión
de modo independiente, y en cada caso, la opinión es la misma. Eventualmente,
tu prueba no convence a nadie. Toda la comunidad de matemáticos opina que tu
prueba es incorrecta y que, por tanto, el estatus de “La conjetura” sigue
siendo una pregunta abierta.
¿Qué actitud
debés tomar frente a la prueba y frente a “La conjetura”? ¿Debés seguir
igualmente confiado en su verdad? ¿Debés seguir igualmente confiado en que la
prueba es correcta? ¿Debés, dado que la comunidad matemática rechaza la
corrección de la prueba, estar menos cierto de que “La conjetura” es verdadera,
o de que tu prueba es correcta? ¿Debés suspender el juicio al respecto? ¿Debés
pensar que tu prueba es incorrecta? ¿Hay solo una conducta que es racional que
tengas en este tipo de situaciones, o tenés más de una opción abierta?
Cualesquiera sean las respuestas a estas preguntas, parece, por cómo está
construido el ejemplo, que es correcto afirmar que quienes rechazan que la
prueba sea correcta son, todos ellos, pares epistémicos tuyos en lo que
respecta a ese tipo de proposiciones matemáticas y a ese tipo de presuntas
pruebas. Son, todos ellos, individuos similarmente capaces a vos, y de una
eficacia, en sus juicios pasados con respecto a estas proposiciones, similar a
la tuya. No parece que sus juicios en contra de la corrección de la prueba
(i.e., sus actuaciones particulares) afecten su condición de pares epistémicos
tuyos.
Pensemos ahora
en otro ejemplo: Cantor concluye que la cardinalidad de los reales es mayor que
la de los naturales. Cantor cree tener una prueba de esto. Su prueba es
revisada por muchos renombrados matemáticos de su época, quienes le niegan a la
prueba su condición de tal. Ellos no niegan que esa sea una consecuencia que se
siga de los supuestos de los que Cantor partió, sino que defienden la
importancia de atenerse a los dictados de la intuición, a los que la conclusión
de Cantor contraría. Hoy, sin embargo, creemos que Cantor estaba en lo cierto.
¿Estamos dispuestos a afirmar que esos “renombrados matemáticos” eran sus pares
epistémicos? Supongamos que de hecho tenían una capacidad similar a la de
Cantor, y una eficacia análoga en su evaluación pasada de presuntas pruebas de
proposiciones matemáticas, y volvamos a plantearnos la pregunta: ¿son ellos
pares epistémicos de Cantor?
Un último caso:
dos filósofos políticos igualmente competentes, con publicaciones en buena
parte de las mejores revistas del área hablan, cada vez que se encuentran en
Congresos, de numerosos temas de su especialidad. Manifiestan, mayormente, un
amplio acuerdo. Sin embargo, cuando en el último encuentro surge el tema del
aborto, uno de ellos se muestra de acuerdo con su prohibición. Cuando su colega
le pregunta por los fundamentos de su posición, el filósofo dice “porque va
contra los Mandamientos”. Su colega, ateo confeso y defensor de la legalización
del aborto, no encuentra que esta sea una buena razón.
Parece haber una
diferencia clara entre el último caso y el primero. Mientras las opiniones de
sus colegas matemáticos parecen constituir, intuitivamente, una razón para que
vos, al menos, estés menos confiado en haber encontrado una prueba de “La
conjetura”, la opinión contraria al aborto del filósofo político no parece que
deba ser una buena razón para que su colega rectifique su opinión. ¿Qué varía
de uno a otro caso? Una hipótesis: en el ejemplo de los filósofos políticos, el
colega descubre que su colega tiene una diferencia radical con él. No en el
valor de verdad de la proposición sobre la que desacuerdan (en esto no hay
diferencia en ambos casos), sino sobre lo
que podría contar como buena razón en aval de una proposición relevante
–i.e., de la proposición acerca de la que desacuerdan. (Esta idea fue defendida
por Nicolas LoGuercio.) Acaso esto no sea lo esencial –acaso que la disidencia
sea acerca de un punto metodológico no sea lo realmente importante. Acaso en
ese caso lo sea solo porque se trata de una creencia
básica, fundamental, constitutiva de un paradigma o de un programa de
investigación de uno de los individuos, pero no del otro. El ejemplo acerca de
“La conjetura”, podría decirse, es incompleto: no nos dice cuál sea la razón
por la cuál los matemáticos difieren de tu opinión. Así, deja espacio para que
la diferencia NO sea acerca de una creencia básica.
Parece haber al
menos dos sentidos de “par epistémico”. El primero, débil, hace referencia solo a una similar capacidad con respecto a
ciertas proposiciones y, acaso, también a una similitud en la eficacia pasado
con respecto al valor de verdad de ciertas proposiciones –o a el grado de su
apoyo dado cierto cuerpo de evidencia. (O, al menos, que hayan acordado en las
respuestas al respecto dadas en el pasado. La preeminencia de este sentido
‘internista’ de la condición por sobre el sentido ‘externista’ postulado por
Kelly, fue defendido por Florencia Rimoldi y Milton Laufer.) El segundo, más fuerte, incluye como notas distintivas
de la paridad epistémica el acuerdo alrededor de ciertas proposiciones básicas.
(Esta distinción fue establecida por Federico Penelas.) En los tres casos,
quienes desacuerdan son pares epistémicos en el primero de los sentidos. Pero,
mientras el primer caso deja lugar para que vos y el resto de los matemáticos
sean pares epistémicos en el último de los sentidos, el tercer caso ejemplifica
una situación en la que dos individuos que son pares epistémicos en sentido
‘débil’, no lo son en sentido ‘fuerte’.
Queda por
dilucidar qué decir con respecto al segundo caso, el de Cantor. Si asumimos que
los colegas de Cantor son sus pares epistémicos en sentido débil, ¿debemos
decir que lo son en sentido fuerte? Creo que no. La diferencia, en este caso,
también puede ser descripta como una discrepancia en torno a cierta creencia
básica. Solo que en este caso, esa creencia básica es acerca de la importancia
metodológica del respeto a las intuiciones, por sobre –por ejemplo- la
capacidad de resolución de problemas.
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