¿REALISMO O PRAGMATISMO? EL DEBATE RORTY VS TAYLOR SOBRE LAS IMPLICANCIAS DE LA SUPERACION DE LA EPISTEMOLOGIA

Daniel Kalpokas

Universidad de Buenos Aires-CONICET

 

This paper analyses the discussion between Taylor and Rorty about the results of overcoming epistemology. Firstly, the article summarizes the Taylor’s criticism to Rorty. Secondly, it considers the rortyan response to Taylor and his own arguments against Taylor’s realism. The main disagreements between Rorty and Taylor are as follow: 1) Rorty says that pragmatism overcomes epistemology, Taylor, on the contrary, says that it is an uncompromising realism which overcomes the mainstream epistemological tradition; 2) they disagree about how to understand vocabularies: Taylor claims that it is always possible to know what vocabulary describes better the world, but Rorty seems to claim that vocabularies are incommensurable; 3) Taylor thinks of truth as a correspondence relation to the world, Rorty, however, dismisses that conception. Thirdly, it is made an evaluation of the arguments offered by each side. Especially, that section argues against the rortyan conception of language games and its non-realistic consequences. Finally, it is suggested a reconsideration of the dichotomy realism-pragmatism.

 

 

Desde la publicación de su libro, en 1979, Philosophy and the Mirror of Nature, Rorty se ha hecho famoso por su ataque a todas las posiciones tradicionalmente respetadas en epistemología y filosofía del lenguaje. Uno de sus blancos favoritos es, como se sabe, el realismo. Aunque Rorty ha esgrimido diversos argumentos en contra de esta imagen del conocimiento, todos ellos apuntan a un mismo blanco: el representacionismo. Uno de los argumentos sostiene que carece de sentido hablar de la verdad como una relación de correspondencia entre fragmentos de lenguaje y fragmentos de realidad pues, simplemente, no podemos salir de nuestras creencias, no podemos despojarnos de nuestra piel y comparar nuestros enunciados con algo absoluto. En este sentido, el realismo supone lo que Putnam ha llamado “el punto de vista del Ojo de Dios”. Otro argumento, más complejo y articulado, es el que desarrolla Rorty a partir de la obra de Davidson. De acuerdo a esta línea argumentativa, ni el lenguaje ni el conocimiento constituyen un tertium quid situado entre nosotros y el mundo. Dicho en términos davidsonianos: no podemos pensar el conocimiento o el lenguaje a la luz del dualismo esquema-contenido, pues no hay modo de separar los aportes realizados por nuestra mente o lenguaje de los “datos” puros que supuestamente nos provee el mundo. Una de las implicancias de esta concepción es que supuestamente hace imposible la pregunta escéptica de si estamos representando fielmente la realidad. La eliminación de los tertia conduce a la supresión de la concepción del conocimiento que hace posible al escepticismo –el representacionismo: “Ver el lenguaje de la misma forma en que vemos a las creencias –no como un ‘esquema conceptual’ sino como la interacción causal con el entorno descrita por el lingüista de campo, hace imposible pensar en el lenguaje como algo que podría o no (…) ‘ajustarse al mundo’”[1]. Frente al representacionismo, Rorty esgrime una concepción anti-representacionista del conocimiento, esto es, una concepción que “no concibe el conocimiento como una cuestión de aprehender la realidad correctamente, sino más bien como una cuestión de adquirir hábitos de acción para hacer frente a la realidad”[2]. De acuerdo a esto, nuestro vínculo con el mundo no es representacional, sino causal. Ninguna prueba distinta del éxito sirve para explicar nuestros logros cognitivos. Desde este enfoque, las creencias son vistas como adaptaciones al entorno, en lugar de cuasi-imágenes de él. Pues bien, en este trabajo me propongo analizar las consecuencias de esta posición en referencia al realismo. Para ello, consideraré la discusión que Rorty ha sostenido con Taylor al respecto. La relevancia de esta discusión radica en las pretensiones encontradas que uno y otro sustenta en referencia a un mismo propósito: superar la tradición epistemológica moderna. En efecto, tanto Taylor como Rorty afirman haber dejado atrás el programa epistemológico iniciado por Descartes; sin embargo, las consecuencias que sacan de ello parecen ser, al menos a primera vista, diametralmente opuestas. Mientras Rorty sostiene que el abandono del representacionismo conduce al pragmatismo, Taylor, por su parte, afirma que la superación de la epistemología nos lleva directamente a una forma de realismo no comprometido. A fin de organizar la exposición, procederé en tres etapas: en la primera sección presentaré las objeciones de Taylor al pragmatismo de Rorty, en la segunda, consideraré la respuesta de Rorty y sus objeciones al realismo de Taylor; finalmente, en la tercera sección analizaré algunas cuestiones surgidas en la discusión entre Taylor y Rorty a fin de clarificar el alcance de las objeciones de este último y las posibilidades de una forma de realismo que toma en cuenta algunas de las críticas esgrimidas desde el pragmatismo.

 

 

 

I- Realismo y juegos de lenguaje: la crítica de Taylor al programa pragmatista de Rorty

En su artículo “Rorty in the Epistemological Tradition”, Taylor examina el intento de Rorty de despegarse de la tradición epistemológica que va desde Descartes a Kant. Comparte con Rorty este objetivo, pero sostiene que dicha pretensión no conduce al no-realismo rortyano, sino a lo que él llama un “realismo no comprometido”[3]. Es más, afirma que el no-realismo de Rorty no es más que un camino aporético generado típicamente por la tradición que el mismo Rorty condena.

La fundamentación de esta acusación corre por cuenta de un análisis del carácter no-realista que Rorty atribuye a los juegos de lenguaje. Taylor considera la siguiente afirmación de Rorty: “Cuando consideramos ejemplos de juegos de lenguaje alternativos (…) es difícil pensar en el mundo como aquello que hace que un [juego de lenguaje] sea mejor que otro, en el mundo como aquello que decide entre ellos”[4]. Rorty concede que, cuando consideramos a los enunciados como opuestos a los vocabularios, tiene sentido decir que el mundo decide entre enunciados alternativos (por ejemplo, para enunciados como “Gana el rojo” o “lo hizo el mayordomo”). “En tales caso –afirma- es fácil equiparar el hecho de que el mundo contiene la causa por la cual estamos justificados a sostener una creencia con la afirmación de que algún estado no-lingüístico del mundo es él mismo una instancia de la verdad, o que algún estado así ‘hace verdadera a una creencia’ por ‘corresponder’ a ella”[5]. Pero la situación cambia cuando pasamos a considerar juegos de lenguaje enteros. En estos casos, el insinuado “realismo” que se aplica a los enunciados desaparece por completo. Surge, entonces, la siguiente pregunta: ¿Cómo se producen los cambios de vocabulario? ¿Son también los vocabularios verdaderos, esto es, se adecuan al mundo como parecen hacerlo los enunciados? La negativa de Rorty a reconocer que son los argumentos los que deciden entre vocabularios distintos reposa, según Taylor, en una doctrina equivocada acerca del carácter cerrado de los juegos de lenguaje. Rorty parece reconocer la consistencia como un criterio de verdad[6], pero ¿qué sucede cuando se trata de una confrontación entre posiciones que parecen ser igualmente consistentes? Si, como parece sostener Rorty, los cambios de vocabulario no pueden decidirse apelando a la razón o a la verdad, entonces los vocabularios se tornan inmunes a la refutación. En este caso, como señala Taylor, los interlocutores de vocabularios distintos nunca alcanzarán un punto donde ellos a) reconozcan que no pueden rechazar algunos supuestos comunes, los cuales b) permitan decidir qué punto de vista es mejor que otro. Esta es la concepción de los juegos de lenguaje como totalidades o sistemas cerrados, que proveen a los usuarios de recursos para redescribir cualquier evidencia en contra lanzada por sus oponentes de modo de hacer que las objeciones carezcan de objeto e inmunice a la posición propia[7]. Pues bien, Taylor se pregunta: ¿cómo puede uno saber que dos juegos de lenguaje no pueden ser ponderados por medio de razones de modo de determinar cuál es mejor? Se puede saber esto si uno ya posee una teoría del conocimiento, por ejemplo, una teoría que sostenga que nuestro conocimiento del mundo se realiza por medio de representaciones mentales. En este caso, las diferencias en nuestros esquemas representacionales haría imposible decidir cuál es mejor, pues nadie podría pasar por detrás de las representaciones para saber cuál se adecua al mundo que está ahí afuera. Esta es, por supuesto, la versión tradicional del conocimiento que con frecuencia ha desembocado en posiciones anti-realistas. La sospecha de Taylor es que la concepción rortyana de los juegos de lenguaje es, a pesar de todo, solidaria con esta imagen típicamente moderna. Para Taylor, pues, descartar definitivamente la imagen representacionista del conocimiento implica también dejar a un lado la concepción de los juegos de lenguaje como sistemas cerrados.

 Ahora bien, ¿cómo pueden entonces decidirse las disputas entre vocabularios alternativos? Anteriormente se había hecho mención de la consistencia. Pero ésta, de acuerdo a Taylor, no es suficiente. La discusión entre vocabularios distintos siempre involucra más que una cuestión de lógica formal: implica acuerdos sustantivos sobre diversas cuestiones que, inclusive, pueden estar sujetas a ulterior articulación. La posición del propio Taylor es, pues, la siguiente: los juegos de lenguaje son criticables racionalmente en virtud de la consistencia lógica y de creencias sustantivas que una y otra posición comparten. Cualquier disputa puede ser decidida apelando a creencias comunes. Ciertamente, pueden surgir desacuerdos acerca de la consistencia, pero estos desacuerdos son claramente localizables y, a decir verdad, no siempre aparecen. Ninguna teoría “ex ante” –como las llama Taylor- puede expedirse al respecto; no hay más remedio que examinar cada discusión para ver si tales desacuerdos emergen. Pero, si no suponemos cuestiones sustantivas compartidas por los diversos puntos de vista, entonces ya no será posible decidir racionalmente entre vocabularios alternativos. Ciertamente, Rorty podría aducir que para sostener su tesis no es preciso apelar a ningún argumento a priori; basta la observación empírica: después de 2500 años de discusión de ciertos problemas no hemos arribado a conclusión alguna. Esto supuestamente significaría que las disputas entre juegos de lenguaje no se deciden racionalmente, y que, por tanto, los cambios conceptuales no obedecen a razones. De modo que la tesis sobre el carácter no racional de los cambios de juegos de lenguaje podría sustentarse empíricamente. Pero esta salida falla, para Taylor, por dos razones: primero, porque no es cierto que, históricamente hablando, las disputas entre juegos de lenguaje alternativos no se hayan decidido racionalmente, esto es, por medio de argumentos. La física aristotélica, por ejemplo, ha quedado definitivamente sepultada por la física de Galileo y Newton. Esto prueba, según Taylor, que la afirmación de Rorty según la cual el mundo no decide entre juegos de lenguaje alternativos no está fundamentada empíricamente. Por el contrario, cuestiones que han sido resueltas racionalmente son reinterpretadas por Rorty en un sentido pragmático. En esta reinterpretación Rorty no estaría haciendo más que tomar la noción kuhniana de “paradigma” e interpretarla como un sistema o imagen del mundo cerrada. Desde esa perspectiva, no puede haber mediación racional alguna entre Aristóteles y Newton. Pero –observa Taylor- con ello Rorty introduce desde afuera esta noción de paradigma como totalidad cerrada en la historia de las revoluciones científicas, en donde en realidad no podemos hallar esa concepción. Por eso Taylor concluye: “La visión de esta transición como injustificada racionalmente es un producto de una sofisticada teoría del conocimiento, no un hecho obvio que demanda explicación”[8]. La segunda razón aducida por Taylor es la siguiente: no hay una inferencia automática desde el hecho de la falta de consenso a la imposibilidad de arribar a él. Los desacuerdos pueden deberse a profundos errores en una u otra de las partes. Una vez más, esta cuestión no puede resolverse de un modo a priori sino indagando la naturaleza de los desacuerdos y su posible resolución.

Las diferencias que el propio Taylor marca con respecto a Rorty serían las siguientes: 1) difieren en la comprensión que uno y otro sustenta acerca de la naturaleza de los juegos de lenguaje: Taylor, de un modo realista; Rorty, de un modo no realista. 2) también discrepan acerca de cómo ha de establecerse la cuestión del cambio conceptual: según Taylor, Rorty cree que ello puede resolverse apelando a argumentos generales acerca de la naturaleza del conocimiento; mientras que él mismo sostiene que tal cosa no puede ser más que una cuestión empírica: algunos cambios de juegos de lenguaje podrán decidirse racionalmente, mientras que en algunos casos puntuales tal vez ello no sea posible. Pero no hay argumentos a priori para decidir esta cuestión, pues no disponemos de ninguna otra base que nuestras prácticas actuales para determinar qué es racionalmente arbitrable y qué no lo es. La tradición epistemológica moderna pretendió hacer precisamente lo contrario, a saber: desarrollar primero alguna concepción de lo que el conocimiento y la validación deben ser, y luego aplicarla a la práctica efectiva. A los ojos de Taylor, el pragmatismo de Rorty se halla comprometido todavía con esta concepción. En este sentido, Rorty nos estaría ofreciendo una concepción remozada de las usuales variantes no realistas de la tradición epistemológica. El gran aporte de autores como Heidegger y Wittgenstein – piensa Taylor- reside en que deconstruyeron la concepción epistemológica que nos mantenía cautivos y nos ayudaron a ver mejor cuál es realmente nuestro trato con el mundo. Con ello, desacreditaron el proyecto mismo de elaborar una teoría a priori del conocimiento desde la cual se pronuncian los dictámenes acerca de la realidad[9]. En este punto, la tesis de Taylor es que el abandono de teorías a priori del conocimiento disuelve los fundamentos de cualquier concepción no realista[10]. 3) Para Taylor, la mejor prueba de que Rorty está suponiendo una concepción a priori consiste en observar la comprensión metafilosófica que sustenta acerca de su propia posición. En este sentido, la tesis sobre el carácter indecidible de las disputas entre juegos de lenguaje alternativos es, a su vez, indecidible, esto es, no sujeta al arbitraje de la razón cuando se la enfrenta a la tesis opuesta[11]. Por ende, Rorty estaría sosteniendo que debemos ser no realistas acerca de esta cuestión metafilosófica –la de si las disputas entre juegos de lenguaje alternativos pueden resolverse por el arbitraje de la razón- porque ella misma es una instancia de esa disputa. Por tanto, la tesis metafilosófica misma ha de entenderse como ajena al arbitrio de la razón. Hay, pues, tres niveles en el argumento de Rorty: el primer nivel está dado por las diferencias entre juegos de lenguaje. Luego está la tesis de Rorty sobre el carácter no realista de tales disputas. Por último, está la afirmación acerca del carácter no realista de la tesis anterior. Rorty estaría homologando el status de la cuestión entre juegos de lenguaje alternativos con la tesis metafilosófica acerca de tal status. En otras palabras: decidir el status de la cuestión mencionada en segundo lugar es, ipso facto, decidir la cuestión en el nivel metafilosófico. La objeción de Taylor es aquí la siguiente: considérese cómo arribamos a una decisión acerca del carácter indecidible de los juegos de lenguaje alternativos (segundo nivel del argumento de Rorty). Para resolver esta cuestión –argumenta Taylor- nos debemos haber formado alguna idea acerca de cómo puede ser legítimamente resuelta (por argumentación o por una apelación al mero carácter persuasivo de nuestras palabras). Pero esto es lo que precisamente está en juego en el nivel metafilosófico; por lo tanto, esto debe ser resuelto antes de que afrontemos la cuestión de segundo nivel. No puede ser un corolario de su resolución. Ello explicaría –según Taylor- la fatal ambigüedad o el carácter autocontradictorio de muchas expresiones de Rorty. En efecto, por un lado, vemos a Rorty criticando constantemente a sus oponentes de un modo u otro y, por ende, sugiriendo que en algún sentido están equivocados. Sin embargo, por otro lado, cuando interpreta su propia posición, parece descartar cualquier pretensión de verdad o corrección. Sostiene que sus sugerencias no son más verdaderas ni se corresponden mejor con la realidad. En ocasiones, aduce que simplemente está propiciando un cambio de tema; en otras oportunidades, que su vocabulario es más útil pragmáticamente hablando. Pero es difícil ver –sostiene Taylor- cómo hemos de entender las afirmaciones de Rorty si descartamos la pretensión de verdad (en un sentido realista). La extensión de la tesis de Rorty sobre el carácter indecidible de los juegos de lenguaje a la cuestión metafilosófica sobre dicha tesis parece conducir a la autorrefutación.

Desde el punto de vista de Taylor, el núcleo de la posición de Rorty está constituido por la concepción –sustentada como una teoría “ex ante”- de los juegos de lenguaje como sistemas cerrados, mutuamente irrefutables. Esta atribución no es contradictoria con lo sostenido por Rorty en su artículo “The World Well Lost”, pues lo que Rorty rechaza en ese artículo es la distinción entre un único mundo que está ahí afuera y una pluralidad de esquemas conceptuales. Es la idea del mundo como un polo trascendente a toda concepción la que es criticada por Rorty. Pero la sencilla idea de que hay diferentes e incompatibles modos de concebir las cosas, entre las cuales frecuentemente debemos elegir, es aceptada por él. Ahora bien, considerar a los juegos de lenguaje como cerrados significa verlos como a) sujetos a coacciones de consistencia y b) como mutuamente inmunes a la refutación. Esto significa que la inconsistencia no puede ser invocada para establecer qué posición es inferior a otra. Según Taylor, Rorty está comprometido con a) y b) por dos razones: la primera es que, de no ser así, toda distinción entre posiciones podría disolverse. Uno podría, por ejemplo, decidir que resulta interesante sostener todos los puntos de vista. Y, en segundo lugar, porque de otro modo las cuestiones suscitadas por juegos de lenguaje alternativos serían susceptibles de discusión racional. Uno podría demostrar, pues, la superioridad de una posición sobre la otra. Además, a) y b) se sostienen, de acuerdo a Taylor, como tesis “ex ante”; esto es: uno ya sabe que en todas las disputas a) y b) estarán presentes; por ende, sólo hay que extrapolar dicha tesis a los nuevos casos que surjan, como sucede con la cuestión metafilosófica antes mencionada.

Para hacer plausible esta tesis, Rorty apela al siguiente argumento: la única alternativa al pragmatismo está representada por la teoría de la verdad como correspondencia. Puesto que esta teoría resulta insostenible, se sigue inevitablemente el pragmatismo tal como lo concibe Rorty. Taylor señala tres indicios de la invocación a tal estrategia: i) que el único candidato para una explicación general de la verdad debe establecerse en términos de correspondencia, ii)  que la correspondencia ha de ser entendida en un sentido simple y lato: como la aproximación pictórica del conocimiento a la forma en que el mundo realmente es, iii) que los creyentes en tal teoría de la correspondencia son platónicos rabiosos. El punto iii) se refiere a la manera en que Rorty describe a sus adversarios realistas: como creyentes en algo así como un lenguaje de la Naturaleza, un lenguaje que ya está ahí afuera esperando ser descifrado. Taylor considera que tal estrategia no hace más que ridiculizar a la posición realista, pero que no ha de tomársela en serio pues, sencillamente, no hay quien sustente esa concepción hoy en día.

El punto ii) es más interesante. Consideremos el siguiente pasaje de Rorty:

 

“Decir que las partes de los enunciados verdaderos debidamente analizados están relacionadas isomórficamente con las partes del mundo emparejadas con ellas suena plausible si uno piensa en un enunciado como ‘Júpiter tiene lunas’. Suena ligeramente menos plausible para ‘La Tierra gira alrededor del sol’, menos todavía para ‘No hay tal cosa como el movimiento natural’, y en absoluto para ‘El universo es infinito’”[12].

 

Taylor intenta desvincular la teoría de la correspondencia de la imagen presentada aquí por Rorty. Sin ir más lejos, la concepción señalada en el pasaje falla –observa Taylor- ni bien pensamos en enunciados existenciales negativos como “No hay sillas en esta habitación”. Descartada la concepción isomórfica de la verdad, podemos aceptar que el enunciado acerca de las sillas será verdadero o falso en virtud de la naturaleza de la realidad[13]. Aceptado esto, podemos extender este análisis al ejemplo rortyano del movimiento natural. Lo que rechazamos, en ese caso, no es más que una explicación en términos de lugares naturales. En la medida en que disponemos de una mejor explicación (una explicación que no deja lugar para la distinción ‘natural-violento’), podemos afirmar –continúa Taylor- que esta segunda representación del mundo es superior en virtud de la forma en que son las cosas[14].

En este punto, la objeción de Rorty parece ser la siguiente: o bien esta forma realista de entender la verdad no agrega nada, sino que es simplemente una forma de decir que aceptamos como válidos estos enunciados, o bien la correspondencia con la realidad se toma seriamente y, por ende, invoca una inaceptable imagen metafísica, como la de una cosa en sí, un dominio de cosas trascendentes que están más allá de las apariencias. Ciertamente, la concepción según la cual el conocimiento consiste en representaciones induce a suponer algo como la cosa en sí, algo de lo cual, por definición, no podemos tener experiencia. Pero una vez que abandonamos la idea representacionista del conocimiento, la cosa en sí pierde sentido. Con todo, para Taylor, la afirmación de que el pensamiento se corresponde con una realidad que es independiente de nuestras creencias no está ligada necesariamente con la noción de cosa en sí. Ya Kant se había percatado de que, dentro del mundo fenoménico, no podemos operar sino con el supuesto de que tratamos con un mundo de objetos que es independiente de nosotros. Nuestra comprensión de nosotros mismos como situados en el mundo nos lleva a concebir a nuestras representaciones de él como verdaderas o falsas en función de la correspondencia. En este sentido, como ha enfatizado Heidegger, tratamos con un mundo de cosas independientes aun antes de todo intento de representarlas. Pero esta comprensión previa que, según Heidegger, tenemos del mundo, no es, ella misma, una representación. Es el horizonte o saber de fondo a partir del cual construimos nuestras representaciones del mundo y en virtud del cual sabemos que las representaciones son verdaderas o falsas debido a la forma en que las cosas son[15]. De acuerdo a Taylor, una vez que aceptamos este punto de vista ya no hay problema alguno con la idea de que la realidad independiente de nuestras representaciones hace a éstas verdaderas o falsas. Sólo si aceptamos la imagen tradicional del conocimiento, esto es, sólo si entendemos que las representaciones constituyen nuestra única ruta de acceso al mundo exterior seremos conducidos a una imagen metafísica de la realidad. Esta es la razón profunda de la tesis de Taylor según la cual el rechazo de la epistemología conduce, no al pragmatismo, sino al realismo.

Ello explica también por qué Taylor considera que Rorty, a pesar de su rechazo explícito de la epistemología, permanece atrapado en el viejo modelo. Según Taylor, del rechazo de la idea de que nuestros pensamientos se corresponden con las cosas tal como son en sí mismas, Rorty concluye que no se corresponden con nada. Si entidades trascendentes no hacen verdaderos a nuestros enunciados, entonces, nada los hace verdaderos. En este punto, Rorty estaría operando, todavía, con la imagen tradicional de entidades trascendentes que son alcanzadas por una pantalla de representaciones. Al rechazar la idea de un mundo trascendente, se siguen las conclusiones no realistas que Rorty sostiene. Pero estas conclusiones –argumenta Taylor- sólo se siguen si continuamos pensando en términos representacionistas. En efecto, si pensamos que personas que sustentan puntos de vista diferentes están situadas detrás de representaciones del mundo incompatibles, entonces, descartada la idea de un mundo trascendente, ya no dispondrán de una instancia (sobre la cual supuestamente versan esas representaciones) a la cual apelar para dirimir la discusión sobre cuál de los puntos de vista ha de considerarse superior. Desde esta perspectiva, las personas involucradas “No serán vistas como situadas en un mundo común, con un marco de comprensión desarrollado dialógicamente, que define para ellos los requisitos y demandas de sus representaciones”[16].

Con todo, Rorty podría aducir que está realmente de acuerdo con la concepción post-epistemológica de la verdad sustentada por Taylor, pero, no obstante, podría preguntar: ¿qué podríamos aprender de nuevo al señalar que los enunciados verdaderos son aquellos que se corresponden con la realidad, (entendida la correspondencia en un sentido intra-teórico, como lo hace Taylor)? En este punto, Taylor pretende insuflarle interés filosófico a esta noción de verdad contraponiéndola con la verdad de la autocomprensión. La diferencia entre hablar de la verdad acerca de un mundo exterior y la de la comprensión que tenemos de nosotros mismos consiste en que nosotros estamos parcialmente constituidos por nuestras autocomprensiones. Por eso, no podemos construirlas como construimos nuestras representaciones de objetos que son independientes de ellas. En estos casos, no hay una realidad independiente que está ahí a través de los cambios de las descripciones. Con todo, algunas descripciones que hacemos de nosotros mismos pueden ser también más verdaderas que otras: “Mis primeros puntos de vista me formaron de un modo diferente a como soy en el presente. Pero necesito describir esa diferencia en parte en términos epistémicos: estaba negando parte de mí mismo, no reconociéndola o engañándome a mí mismo. Bajo las descripciones previas yo era diferente; no era como soy ahora bajo la más verdadera comprensión. Pero lo que yo era fue constituido por la distorsión de la negación [de esa parte de mí mismo] más que por lo que ahora soy. Podemos decir que, en esta clase de casos, la mentira es parte de la realidad descripta, más que algo que subyace en la relación entre representación y realidad”[17]. La caracterización de la distorsión sólo es posible cuando hemos salido de ella, pero para poder reconocer algo como una distorsión necesitamos la noción de verdad. De otro modo, la idea de una superación de las distorsiones en nuestra autoimagen carecería de sentido. Aun cuando Rorty rechazara este punto sosteniendo que la idea de verdad carece de sentido en este ámbito –puesto que, según reza una de sus tesis, el conocimiento de sí no es más que la creación de sí a través de la redescripción- aun entonces, argumenta Taylor, cabría establecer una diferencia entre lo que sucede en el ámbito de las ciencias naturales y lo que sucede en el terreno de las autodescripciones. En ese caso, podría distinguirse la verdad como correspondencia de la creación de sí y, por ende, habría un contraste que poner de manifiesto. Con ello, piensa Taylor, la verdad como correspondencia dejaría de ser algo trivial y sin contenido, aun cuando los científicos en los laboratorios no fueran conscientes de estar aprendiendo nada nuevo.

 

II- Pragmatismo y verdad: la crítica de Rorty al realismo de Taylor

Como hemos visto, la crítica central de Taylor a la posición de Rorty apunta a las consecuencias no realistas que este último extrae del abandono de la epistemología. Dicha crítica se lleva a cabo por medio de una consideración de la concepción de los juegos de lenguaje como sistemas cerrados, mutuamente irrefutables. La tesis de Taylor, en este punto, es que tal concepción supone lo que él llama una “teoría ex ante”. Con ello se muestra –ésta es la pretensión de Taylor- que el rechazo rortyano de la tradición epistemológica permanece atrapado, no obstante, en ella.

El artículo de Rorty “Taylor on Truth” es una respuesta a esas críticas. Aun cuando se dejara a un lado la noción “el lenguaje de la naturaleza” para atacar al realista, de cualquier modo –sostiene Rorty- los teóricos de la correspondencia precisan un criterio para determinar la adecuación de enunciados y de vocabularios completos. El punto que enfatiza Rorty es el siguiente: “los creyentes en la teoría de la correspondencia tienen que afirmar que algunos vocabularios (por ejemplo, el de Newton) no funcionan simplemente mejor que otros (por ejemplo, el de Aristóteles) sino que lo hacen porque ellos representan la realidad más adecuadamente”[18]. Taylor piensa que podemos entender los vocabularios de un modo realista, Rorty no.

Pues bien, la tesis de Taylor era que podíamos sostener la idea de que la realidad es independiente de nuestras representaciones de ella sin comprometernos con la noción kantiana de “cosa en sí” únicamente si renunciábamos, con Wittgenstein y Heidegger, a toda teoría “ex ante”. Una vez que reconocemos la primacía del Zuhanden sobre el Vorhanden y nos damos cuenta que estar de acuerdo en un lenguaje es estar de acuerdo sobre una forma de vida, podemos sostener la idea de un mundo independiente. Pero ningún filósofo anti-representacionista –contraargumenta Rorty- ha dudado alguna vez de que la mayoría de las cosas en el universo son causalmente independientes de nosotros. Lo que ellos cuestionan es que el mundo sea representacionalmente independiente de nosotros. Decir que X es representacionalmente independiente de nosotros es decir que X tiene una naturaleza intrínseca (una naturaleza que posee cualquiera sea la descripción que hagamos de X) tal que es mejor descripta por algunos términos antes que por otros. Puesto que no hay modo de determinar qué descripciones de un objeto capturan los rasgos intrínsecos de él –como opuestos a los rasgos meramente relacionales o extrínsecos- los anti-representacionistas descartan la distinción intrínseco-extrínseco, la idea de que las creencias representan el mundo y la cuestión de la independencia o dependencia representacional. Esto significa descartar la idea sostenida por Bernard Williams del mundo como “lo que es de cualquier modo”, aparte del modo en que es descripto[19].

Rorty examina la afirmación de Taylor según la cual nuestros enunciados resultan ser verdaderos o falsos en virtud del modo en que las cosas son. Distingue dos sentidos posibles de esta frase: 1) podría querer decir “en virtud del modo en que nuestras descripciones corrientes del mundo son usadas y de las interacciones causales que mantenemos con el mundo”, o 2) podría significar “simplemente en virtud de la forma en que las cosas son, completamente aparte de cómo las describamos”[20]. Rorty acepta 1) y descarta 2).  En una primera instancia, Taylor parece adherir a 1), pero luego, sin embargo, intenta trazar una distinción entre nuestra actividad descriptiva, nuestro uso de las palabras, y el papel desempeñado por el resto del universo, con el objeto de explicar la verdad de nuestras creencias. En ello Rorty ve una recaída en lo que Davidson llama “el tercer dogma del empirismo”, la distinción esquema y contenido. Abandonar este dogma significa abandonar todo intento de clasificar nuestras proposiciones de acuerdo a si ellas son hechas verdaderas por el mundo o por nosotros. De este modo, se rechaza la problemática entre realismo y anti-realismo abandonando los presupuestos representacionistas implicados en esa disputa.  Rorty concluye: “Si abandonamos esa distinción y esa problemática, no podemos explicar lo que significamos por ‘correspondencia’ a menos que postulemos algo como ‘el mundo como es en sí mismo’, o ‘los rasgos que una cosa tiene intrínsecamente, independientemente de cómo la describimos’”[21]. De modo que las nociones “cosa en sí” y “correspondencia” se sostienen o se caen juntas. Para Rorty, el intento de Taylor de sostener la segunda sin la primera está destinado, por tanto, al fracaso. La idea de que las cosas tienen una naturaleza intrínseca, o que poseen rasgos que no son relativos a nuestras descripciones no es más –según Rorty- que una variante de la noción de “cosa en sí”. Una idea diferente es la que sostiene que las cosas, bajo nuestras descripciones, tienen los rasgos que tienen de un modo causalmente independiente de la forma en que ellas son descriptas[22]. Ahora bien, las relaciones causales que mantenemos con el mundo siempre están bajo alguna descripción. El punto es que la misma relación causal puede ser explicada o descripta de diversas maneras. No importa la forma en que describamos las cosas cuyas relaciones causales estamos tratando de precisar, sólo debemos ser capaces de ver el mismo tipo de relaciones bajo cada descripción de ellas. En otros términos: la tesis de Rorty no es que las relaciones causales son más intrínsecas a las cosas que sus descripciones, ni que describir las cosas como causalmente relacionadas nos acerca a la forma en que ellas son “de cualquier modo”, en comparación con otras posibles descripciones. Más bien, su tesis dice que las relaciones causales precisan ser mantenidas constantes cuando usamos distintos vocabularios para describirlas[23].

Se podría preguntar: ¿por qué las relaciones causales deben mantenerse constantes? ¿No es porque realmente son invariantes? Para Rorty, esta es una mala pregunta, pues presupone, una vez más, la distinción esquema-contenido. Introduce la distinción entre “en sí” y “para nosotros”, una distinción que está en la raíz de la mayoría de los pseudo-problemas que han ocupado a la filosofía moderna. Una vez que abandonamos la distinción esquema-contenido también debe ser abandonada la distinción entre rasgos intrínsecos y relacionales de las cosas. Si no es posible distinguir el aporte que hace el mundo del aporte realizado por nuestro lenguaje, tampoco tiene sentido sugerir que algunas descripciones se corresponden con la realidad mejor que otras[24].

Tampoco resulta convincente para Rorty la distinción entre la verdad de las proposiciones que se refieren a nuestra propia autocomprensión y aquellas que se refieren a un mundo independiente. Para seguir con el ejemplo de Taylor, la única diferencia que establece Rorty entre la redescripción del sistema solar y la redescripción de nosotros mismos es que, en el primer caso, usamos enunciados que son verdaderos de un estado del sistema solar que es anterior a nuestra descripción, mientras que en el segundo caso, usualmente, no usamos enunciados que son verdaderos acerca de nuestro antiguo yo. Si la descripción del sistema solar ofrecida por Kepler es ahora verdadera, lo fue también antes de que Kepler la formulara. No sucede lo mismo con las descripciones de nuestra persona: si afirmo algo acerca de mi yo presente que es verdadero, puede darse el caso de que tal predicado no se aplique con verdad a mi antiguo yo. Pero no precisamos –según Rorty- dos clases de verdad o de realidad para explicar esta diferencia. Se trata simplemente de dos tipos de relaciones causales.

  Taylor concibe a Rorty como un anti-realista que supuestamente sostiene que, ante la imposibilidad de que la realidad haga verdaderos a nuestros enunciados, nada puede hacerlos verdaderos . De este modo, Rorty entendería de un modo no realista las diferencias entre juegos de lenguaje alternativos. Pero toda la estrategia de Rorty consiste en escapar del debate realismo-anti-realismo. Lo que Rorty pretende sostener, más bien, es que, puesto que ninguna proposición es hecha verdadera por nada, y puesto que ningún enunciado representa nada, todos los candidatos a la verdad están a la par con respecto a su relación con una realidad independiente[25]. De modo que para Rorty, la correspondencia y el realismo nada tienen que ver con la cuestión del arbitraje racional de juegos de lenguaje alternativos[26]. La única distinción que Rorty juzga necesaria es la que puede establecerse entre persuasión y fuerza. Cualquier instancia de persuasión es un caso de arbitraje de la razón. Los debates sobre astrofísica, sobre cómo leer a Rilke, la deseabilidad de los hiperbienes, etc., están, en este sentido, en igualdad de condiciones. No tiene caso –según Rorty- preguntarse en cuál de estos ejemplos hay un hecho decisorio, aunque bien podemos preguntar si algún propósito está siendo servido cuando debatimos todas estas cuestiones.

En la segunda sección de su artículo Rorty discute las posibilidades que se siguen del rechazo de la epistemología. Como hemos visto, Taylor sostiene que el abandono del paradigma epistemológico conduce a un realismo no comprometido. Al respecto, Rorty afirma: “Pienso que uno llega a una posición en la cual la única versión del ‘realismo’ que queda es una trivial, nada interesante y de sentido común que dice que todas las creencias verdaderas son verdaderas porque las cosas son como son”[27]. Esta versión del realismo es poco interesante porque solamente dice que la producción de creencias verdaderas es una cuestión de relaciones causales entre los usuarios de un lenguaje y el resto del universo, y que si éste fuera diferente, sus relaciones también lo serían. El realismo, para Rorty, sólo se torna interesante cuando establecemos una distinción entre “lo que es en sí” y “lo que es para nosotros”. Esta es la distinción que, según Rorty, Taylor –junto con Bernard Williams, Barry Stroud y otros seguidores de Descartes- todavía mantiene[28].

Taylor piensa que Heidegger nos ha ayudado a liberarnos del reduccionismo naturalista y de la problemática escéptica cartesiana; y ubica a Rorty dentro de los reduccionistas. Rorty acepta el mote “naturalismo”, pero rechaza el de “reduccionismo”. Rorty entiende por “naturalismo” aquella posición que sostiene que no hay ningún objeto espacio-temporal que no esté ligado a una red de relaciones causales con otros objetos; y que cualquier explicación de la conducta de tal objeto espacio-temporal debe proceder a ubicar ese objeto en esa red[29]. El reduccionismo, por otra parte, es la insistencia de que no sólo hay una única red sino también una descripción privilegiada de todas las entidades de esa red. El reduccionista piensa que precisamos tanto la unidad explicativa como la unidad causal, esto es, una forma de conmensurar todos los vocabularios, una teoría que nos dará explicaciones nomológicas que conectarán todas esas entidades (pensamientos y neuronas, acciones y movimientos, personas y organismos). Desde este punto de vista, Rorty no considera que Heidegger y Merleau-Ponty nos han enseñado a evitar el naturalismo, sino que únicamente nos han prevenido de caer en el reduccionismo. Con todo, en la medida en que tales autores reservaron todavía un lugar para nociones tales como “representación” y “correspondencia”, no abandonaron definitivamente la epistemología. Permanecieron atrapados en ella en la medida en que consideraron la interacción causal no lingüística con el mundo como el fundamento del conocimiento (en lugar de considerarla simplemente como la causa de él)[30]. De ahí que Rorty no conciba nuestra interacción con el mundo como una estructura que hace posible su representación. El lenguaje no representa ni se corresponde con nada. Toda formulación y verificación de proposiciones no es más que un caso especial de lo que Rorty denomina “trato (coping) con el mundo”[31]. Así pues, en lugar de ver, como Taylor, una relación más primordial con el mundo que la representación, Rorty no establece ninguna ruptura entre las interacciones lingüísticas y no lingüísticas de los organismos (o máquinas) con el mundo. La única diferencia entre ellas –dice Rorty- es la siguiente: llamamos “lingüísticas” a cierto tipo de interacciones cuando resulta útil correlacionar marcas y ruidos producidos por otras entidades con las que nosotros mismos hacemos (por ejemplo, en las traducciones).

En un artículo anterior, Taylor había sostenido que “Si bien podemos trazar una línea neta entre mi imagen de un objeto y tal objeto, no podemos hacerlo entre mi relación con el objeto y el objeto”[32]. Pues bien, en virtud de su concepción del lenguaje, Rorty niega que se pueda trazar dicha distinción, pues trazar una imagen del objeto ya es tratar con él; es simplemente interactuar con él de un modo más complejo que cualquier otro trato no lingüístico previo que hayamos tenido con él. Por tanto, sostiene Rorty, sólo podemos trazar una línea entre el objeto en cuestión y otros objetos (marcas, ruidos, estados cerebrales o cualquier cosa que nos ayude a tratar con el objeto que tenemos enfrente). Y estas formas de tratar con el mundo (dejando a un lado los casos específicos como los mapas, gráficos, etc) nunca son representaciones.

Una breve síntesis de las discrepancias fundamentales entre uno y otro autor puede establecerse del siguiente modo: 1) aunque uno y otro sostienen haber abandonado la tradición epistemológica moderna, discrepan acerca de la posición que se supone se sigue de ello: para Rorty el pragmatismo, para Taylor una versión del realismo, 2) discrepan también acerca de la naturaleza de los vocabularios y de cómo se producen los cambios conceptuales: Taylor sostiene que en general es posible determinar qué vocabulario es mejor que otro apelando a la corrección con que describen el mundo, mientras que Rorty en ocasiones parece sugerir que, a lo sumo, los cambios de vocabulario obedecen a cuestiones pragmáticas, y 3) discrepan sobre la utilidad de la noción de correspondencia para explicar la verdad: mientras que Taylor asume esta idea (en principio, en un sentido intrateórico), Rorty rechaza esta noción en cualquiera de sus interpretaciones, ya sea porque en una versión “fuerte” se supone que se puede salir del lenguaje, ya sea porque en la versión “débil” aceptada por Taylor la noción de verdad se torna trivial.

En una respuesta breve al artículo anterior Taylor ha reaccionado a las objeciones de Rorty centrándose en uno de los pilares de su crítica: la distinción esquema contenido. Mientras que Rorty sigue a Davidson en su rechazo de la mencionada distinción, para Taylor no podemos pasárnosla sin ella. La observación de Rorty era: si no podemos distinguir el rol de nuestra actividad descriptiva del rol que juega el resto del universo en la explicación de la verdad de nuestras creencias, debemos abandonar la distinción en cuestión. Taylor señala: “El supuesto que subyace a esta inferencia es que la única forma de darle sentido a la distinción sería desagregar y aislar de algún modo un componente de realidad pura precategorizada, la cual podría luego ser comparada o relacionada con el lenguaje.  Pero esta es una quimera”[33]. Ciertamente, también para Rorty y Davidson esta es una quimera, pero Taylor pretende extraer del rechazo de ella otras consecuencias. El ejemplo aducido por Taylor es el siguiente: no podemos darle sentido a la distinción forma-color a menos que podamos separar una forma pura sin color y un color puro sin forma. Si no podemos hacer tal cosa, la recomendación que nos están dando Rorty y Davidson es deshacernos de esta distinción. La respuesta del propio Taylor es distinta: no necesitamos realizar tamaña hazaña metafísica. Nos basta encontrar dos combinaciones en las que el inseparable par color-forma pueda variar para poder distinguirlos sin caer en el absurdo. Llevado al problema del realismo, Taylor sostiene: “Trivialmente: ayer había veinte sillas en esta habitación; hoy hay sólo diez. El lenguaje de clasificación es el mismo, lo que ha cambiado es la realidad descripta. Menos trivialmente: Aristóteles: el sol es un planeta; nosotros: el sol no es un planeta. Lo que introduce este cambio no es la realidad, sino la adopción de un esquema diferente”[34]. Una vez que consideramos que distintos esquemas describen de un modo diferente la realidad, podemos ponderar unos u otros de acuerdo a su poder explicativo. Con ello, Taylor pretende rechazar la acusación de Rorty que recae sobre su realismo no comprometido, a saber: que supone el representacionalismo junto con la noción de cosa en sí. De acuerdo a Taylor, las cosas del mundo son causalmente independientes; pero además, pueden ser clasificadas de diversas formas. Algunas de estas clasificaciones están en competencia, pues apuntan a los mismos problemas. Pero ello no supone la idea de un mundo independiente de toda descripción. No hay modo de comparar un esquema conceptual con un mundo no esquematizado. Pero hay diversas formas de clasificar el mundo, y algunas de ellas son mejores y peores. Ciertamente, algunos esquemas no pueden ser comparados entre sí, pues introducen problemas disímiles. Pero, una vez que se reconoce que hay diversas maneras de describir el mundo, y se reconoce que algunas de ellas plantean los mismos problemas, es posible establecer mejores y peores formas de describir la realidad. Algunos esquemas atrapan los rasgos del mundo y otros no, pero esos rasgos son independientes de nosotros.  Este es el realismo no comprometido de Taylor. Involucra la idea de que hay esquemas mejores y peores, y que ello se decide en función de su habilidad para tratar con el mundo, conocerlo, describirlo y entenderlo[35].

En conclusión: tanto Taylor como Rorty parecen estar de acuerdo en rechazar el representacionismo y las nociones implicadas por él; pero, mientras que Taylor apela a Heidegger y Meleau-Ponty a fin de exhumar una dimensión no objetivante y más originaria en nuestro trato con el mundo, Rorty niega que ese trato con el mundo constituya algo más que un antecedente causal del conocimiento. Rorty rechaza resueltamente nociones tales como “correspondencia”, “representación”, “subjetivo-objetivo” y “para nosotros” y “en sí” y no parece asignarles, ni siquiera en un sentido derivativo, lugar alguno en su pragmatismo. Por otra parte, Taylor parece estar de acuerdo con Rorty y Davidson en que el dualismo esquema-contenido, tal como es criticado por Davidson, no puede sostenerse plausiblemente. No obstante, retiene ese dualismo en una versión que pretende escapar de los problemas que la versión fuerte –por así decirlo- comporta. Si una versión débil de esta distinción es suficiente para hacer plausible una forma de realismo que no está comprometida con el representacionismo criticado por Rorty, es algo que intentaremos dilucidar en la siguiente sección.

 

III- Vocabularios, realismo y verdad

Hasta aquí no he hecho más que reseñar la discusión entre Rorty y Taylor. En lo que queda del artículo quisiera extraer algunas consecuencias de ello evaluando los argumentos que pueden ser esgrimidos por uno y otro bando. Me concentraré en tres puntos: 1) el problema de los dos tipos de verdad introducido por Taylor, 2) la cuestión de la inconmensurabilidad de los juegos de lenguaje y 3) la cuestión del realismo.

1) Taylor introduce el contraste entre la verdad que se refiere a un mundo que es independiente de nuestras creencias y la verdad de nuestra autocomprensión para insuflarle interés filosófico a la noción de verdad y evitar, así, la acusación de trivialidad que aduce Rorty. Como argumentaré en 3), puede ser que la noción de verdad, entendida en un sentido intrateórico, sea trivial; pero ello no es razón suficiente para desestimarla. Ahora bien, la distinción introducida por Taylor se apoya en la contraposición entre la descripción de un mundo independiente, que permanece inalterado a través de los cambios de las descripciones que hacemos de él, y las descripciones que hacemos de nosotros mismos a lo largo de la vida, en donde las descripciones alteran lo descripto por ellas. Una nueva descripción no sólo puede ofrecernos un punto de vista distinto acerca de nuestro pasado, sino que también puede modificar nuestro presente, la autocomprensión que tenemos de nosotros mismos y, por ende, puede modificar lo que somos. Con todo, no es claro por qué esto debería conducirnos a un modelo de verdad diferente. Si ahora reconozco ciertos aspectos de mi personalidad que en el pasado rechazaba, si descubro que me engañaba a mí mismo, ¿por qué habría de suponerse que con ello estoy apelando a un modelo de verdad distinto del que utilizamos para describir el mundo físico de la naturaleza? Del hecho de que, en los casos de autodescripción, las descripciones modifiquen la realidad descripta no se sigue que en ello esté implicado un nuevo concepto de verdad. Si juzgamos que las imágenes que sustentábamos de nosotros mismos en el pasado eran distorsionadas, ello quiere decir que no se correspondían con lo que en realidad somos. Y si el reconocimiento de tal cosa modifica nuestra manera de ser, esa no es razón para suponer un concepto diferente de verdad. En este sentido, tiene razón Rorty al señalar que no necesitamos dos clases de verdad. Basta observar que, en el caso de los objetos que no cambian con nuestras descripciones, si éstas son verdaderas, siempre lo fueron; y que, para el caso de la autocompresnión, predicados que atribuyo como verdaderos a mi yo actual no necesariamente son también verdaderos para mi yo pasado.

2) La crítica de Taylor a la concepción cerrada de los juegos de lenguaje apunta a un problema real en la filosofía de Rorty[36]. Para ejemplificar la postura de Rorty, partamos de las siguientes afirmaciones del filósofo norteamericano:

 

i) “Cuando pasamos de las oraciones aisladas a los vocabularios y a las teorías, la terminología crítica abandona con toda naturalidad las metáforas isomórficas, simbólicas y cartográficas para atenerse al léxico de la utilidad, de la conveniencia y de la probabilidad de lograr nuestros propósitos (…) El vocabulario relativo a isomorfismos, descripciones y mapas está totalmente fuera de lugar, como sin duda lo está la noción de que algo sea verdadero de los objetos[37].

ii) “El mundo no habla. Sólo nosotros lo hacemos. El  mundo, una vez que nos hemos ajustado al programa de un lenguaje, puede hacer que sostengamos determinadas creencias. Pero no puede proponernos un lenguaje para que nosotros lo hablemos. Sólo otros seres humanos pueden hacerlo”[38].

iii) “Aceptar la afirmación de que no hay un punto de vista fuera del particular vocabulario temporal e históricamente condicionado que actualmente estamos usando, desde el cual juzgar este vocabulario, es abandonar la idea de que puede haber razones para el uso de lenguajes tanto como razones en los lenguajes para creer en los enunciados”[39]

iv) “Las nuevas metáforas son causas, pero no razones para los cambios de creencia”[40]

v) “Uno puede estar comunicado y estar en desacuerdo sin involucrarse en una discusión (…) es lo que sucede cuando descubrimos que no podemos encontrar premisas comunes, cuando tenemos que concordar en que diferimos, cuando empezamos a hablar de ‘gustos diferentes’. La comunicación no requiere más que el acuerdo en usar los mismos instrumentos para satisfacer necesidades compartidas. La discusión exige el acuerdo acerca de cuáles son las necesidades que tienen prioridad”[41].

 

A la luz de estos pasajes, las observaciones de Taylor parecen acertadas. Son claras las siguientes afirmaciones: a) aunque los enunciados pueden, en principio, entenderse de un modo realista, no sucede lo mismo con los lenguajes. En este sentido, el mundo no puede decirnos qué lenguaje hablar, [i-ii] b) no hay una instancia neutral entre lenguajes que nos permita ponderar uno u otro, [iii] c) esto implica que no hay razones para el uso de lenguajes [iii-iv-v], sin embargo d) pareciera que hay razones “pragmáticas” para los cambios de vocabulario [i]. Como vimos, el argumento de Taylor era que la comprensión no realista de los juegos de lenguaje hacía imposible determinar qué lenguaje es mejor que otro. Esto está de acuerdo con los puntos a), b) y c). La inmunización contra la crítica racional que ello comporta era atribuida a la concepción de los vocabularios como sistemas cerrados. Frente a esto, la reacción de Rorty es ambigua. Por un lado, su crítica de la epistemología parece desembocar en la concepción de los juegos de lenguaje criticada por Taylor. Señala que ninguna proposición es hecha verdadera por nada ni representa nada[42], (lo cual es problemático al menos por dos razones: primero, porque no es fácil compatibilizar esta afirmación con su aparente concesión al realismo referido a proposiciones y segundo, porque parece convalidar precisamente la crítica de Taylor acerca de su no realismo), que no hay marcos trascendentales por encima de nuestras prácticas y que no hay algoritmos para decidir entre vocabularios en conflicto. De modo que ii), iii), iv) y v) parecen abonar la interpretación según la cual, puesto que no hay razones para sustentar un vocabulario, tampoco las hay para los cambios de vocabularios. Por otro lado, Rorty concede que no hay ninguna inferencia automática desde la falta de consenso a la imposibilidad de arbitraje entre vocabularios, y que la concepción de los vocabularios como sistemas cerrados no es plausible[43]. Agrega, además, lo siguiente: “Lo que quise decir con la afirmación de que el mundo no decide es que carecíamos de un criterio para decidir entre Aristóteles y Newton en el sentido en que lo tienen los jugadores de póquer a la hora de decidir quién se lleva la apuesta. La decisión se tomó de la misma manera que se toman todas las decisiones racionales de alcance, complejas y no-gobernadas-por criterios: sobre bases pragmáticas. ¿Qué puede haber más racional que decir que ya no merece la pena añadir nuevos epiciclos, reinterpretar la atracción gravitatoria en términos de movimiento natural, y seguir en general apuntalando la cosmología de Aristóteles?”[44]. Si esto ha de tomarse como una aclaración de ii), cabe preguntar: ¿Acaso alguien ha pensado seriamente que las disputas científicas podían resolverse como se resuelven los problemas de apuestas en el póquer? ¿En quién está pensando Rorty? ¿Y por qué del hecho de que no haya en ciencia criterios simples y claros como en el póquer se debería concluir que las disputas científicas se resuelven sobre bases pragmáticas (como algo opuesto a bases realistas o de correspondencia)? No es sencillo, pues, saber cuál es efectivamente la posición de Rorty. Por de pronto, Rorty parece estar enfrentado a un dilema: o bien rechaza la idea de una posible convergencia de los vocabularios y la tesis de que hay siempre al menos algunas premisas en común toda vez que se produce un conflicto entre juegos de lenguaje diferentes y, en consecuencia, acepta resueltamente ii), iii), iv) y v); o bien se decide por una concepción de los vocabularios como la sustentada por Taylor, Habermas y Wellmer (en donde hay efectivamente razones para la adopción y rechazo de los juegos de lenguaje) y, por ende, renuncia a lo afirmado en ii), iii), iv) y v). Hay razones para creer que Rorty está pensando fundamentalmente en el primer cuerno del dilema. Por un lado, porque los mencionados reconocimientos a diversos críticos sobre el carácter racional de los cambios de vocabulario parecen ser simplemente concesiones retóricas ocasionales. Por otro lado, porque desde Philosophy and the Mirror of Nature Rorty ha insistido una y otra vez en su crítica a las concepciones estándar del progreso científico, la convergencia de los discursos y el carácter universal de la verdad y la racionalidad. De acuerdo a su concepción, los cambios conceptuales se imponen como consecuencia de la introducción de nuevas formas de hablar que, por medio de un proceso de sedimentación, adquieren el carácter de discurso normal. Pero estos cambios no son objeto de una discusión racional, sino que, simplemente, los usuarios de un lenguaje descubren un día que están hablando de un modo diferente. Por ello, se puede afirmar que para Rorty los vocabularios son inconmensurables, pero no en el sentido de Kuhn, sino del siguiente modo: los lenguajes son inconmensurables no en tanto son intraducibles (pues Rorty reconoce que siempre podemos aprender un lenguaje extraño) sino en tanto que los usuarios de lenguajes distintos no podrán arribar a un acuerdo sobre lo que habría que hacer si se tuviera que tomar una resolución[45]. El énfasis aquí no está puesto en la incomunicabilidad, sino en el hecho de que los participantes de una conversación, cuando parten de lenguajes distintos, no tienen criterios comunes en virtud de los cuales alcanzar un consenso sobre qué podría cerrar la discusión. Esta tesis parece seguirse del rechazo rortyano de estructuras (del lenguaje, de la mente, etc) comunes a todo discurso o lenguaje posible.

De acuerdo a v), si partimos de lenguajes diferentes, podemos comunicarnos pero no discutir, pues la discusión exige premisas comunes. Puesto que no hay premisas comunes a todo lenguaje –según reza la tesis de Rorty- los usuarios de lenguajes distintos sólo pueden acordar en que difieren, en que no podrán llegar a un acuerdo racional. Pero, si la comunicación supone el acuerdo para usar ciertos instrumentos a fin de satisfacer necesidades comunes y la discusión exige, para llevarse a cabo, el acuerdo sobre las necesidades que tienen prioridad, ¿sobre qué se supone que habría de versar la discusión? ¿Qué queda para discutir? Por otro lado, ¿no es esto el reverso del principio contrario, esto es, del principio que a priori sostiene la conmensurabilidad universal de todo discurso? Tal vez esta tesis no deba entenderse como quiere Taylor –como una teoría “ex ante”- pero en cualquier caso Rorty no cree que todo conflicto entre vocabularios pueda resolverse, en principio, mediante argumentación[46]. Por otra parte, ¿no es ya un acuerdo reconocer que, cuando partimos de lenguajes diferentes, sólo podemos diferir? Y más fuerte aún, ¿no es realmente incoherente sostener que podemos comunicarnos pero no discutir? Con esto no estoy sugiriendo que sea incoherente afirmar que dos usuarios de lenguajes distintos puedan comunicarse y, con todo, no arribar de hecho a un acuerdo; sino que es incoherente sostener que dos personas puedan comunicarse y, sin embargo, por principio (porque parten de premisas diferentes) estén imposibilitadas de alcanzar un consenso. Afectamos la inteligibilidad de lo que significa comunicarse si separamos de ese modo el comunicarse y el discutir. El argumento es el siguiente: la comunicación supone un conjunto de creencias, algunas de ellas compartidas y otras no; esto, a su vez, implica una determinada concepción del mundo. Cuando dos usuarios de lenguajes diferentes se comunican entre sí y no están simplemente contándole a su interlocutor cómo ven el mundo, sino que intentan averiguar cómo es el mundo, qué descripción del mismo ponderar, deben contrastar sus imágenes de la realidad. Sus respectivas concepciones vienen supuestas en el mero hecho de la comunicación. Puesto que el mundo no puede ser tal como lo describe uno de los interlocutores y, al mismo tiempo, como lo concibe el otro, la falta de consenso no puede ser sino un fenómeno temporario. Puede haber premisas distintas, pero si la comunicación es posible, entonces deben existir también creencias comunes que sirvan de premisas para la discusión. Debe haber –como sugiere Taylor- algunos acuerdos sobre cuestiones substantivas. Estas creencias comunes son las que explican, no sólo el hecho de que la comunicación sea posible, sino también la posibilidad del acuerdo que, en principio, cabe esperar. No hay ninguna razón por la cual aceptar que, si dos personas de vocabularios distintos pueden comunicarse, no puedan también resolver los conflictos mediante argumentación. Rorty se refiere a la comunicación y la discusión como si fueran dos procesos yuxtapuestos y diferentes, como si pudiéramos tener el primero sin el segundo, como si la discusión no fuera una forma de comunicación sino una cuestión de inferencia formal. Pero si el argumento aquí presentado es correcto, creencias compartidas, comunicación y discusión son nociones inescindibles[47].

Rorty podría aducir que los fines a los que sirven los diversos lenguajes son múltiples, y que un vocabulario (por ejemplo, el de la religión) es bueno para ciertos propósitos y otro (por ejemplo, el de la ciencia) es útil para otros fines –la predicción. De este modo, podría esgrimir el hecho de la relatividad conceptual frente al argumento recién presentado. En este sentido, Rorty ha afirmado, siguiendo a William James, que “La ciencia y la religión son, ambas, vías respetables para adquirir creencias respetables, no obstante tratarse de creencias que son buenas para propósitos muy diferentes”[48]. Pero lo que está aquí en discusión no es la posibilidad de una teoría omnicomprensiva que sea útil para todo propósito humano, sino la corrección de vocabularios que sirven a un mismo fin. Con todo, es preciso ser cuidadosos con la tesis de la relatividad conceptual para no caer en una interpretación simplista de ella. Específicamente, el ejemplo de Rorty me parece discutible, pues, cuando hablamos de juegos de lenguaje alternativos, no se trata simplemente de aceptarlos de acuerdo a su utilidad para ciertos fines (pues en ese sentido, tal vez todo vocabulario sirva para algo) sino de analizar, en vista de un propósito determinado, cuál resulta conveniente en función de cómo puede enlazarse coherentemente con otros. Este es el sentido del conflicto, en los siglos XVI y XVII, entre ciencia y religión. En este caso, no sirve alegar que la religión es buena para la salvación de las almas o para paliar la desesperación humana y, en cambio, la ciencia para hacer predicciones, pues ambos vocabularios se superponen en su pretensión de describir correctamente el mundo. No podemos sostener las creencias religiosas del siglo XIII y, al mismo tiempo, la imagen científica del mundo de hoy, puesto que las primeras suponen también su propia imagen del mundo, sus estándares de justificación, etc. Esto explica por qué las creencias religiosas, al menos en Occidente, han estado retrocediendo constantemente y tratando de adecuarse a las imágenes secularizadas del mundo actual, intentando por todos los medios de no entrar en conflicto flagrante con ellas.

Además, hay algunas implicancias éticas y políticas de importancia. Uno de los objetivos que Rorty asigna a una comunidad liberal es, como se sabe, la expansión conversacional del “nosotros” liberal. A diferencia de otras comunidades, la comunidad liberal pretende llevar a cabo su cometido haciendo valer en todo momento la persuasión antes que la fuerza. El problema del fundacionismo es que supone un marco de principios innegociables que no pueden ser discutidos: sólo cabe imponerlos. Pero sucede que la estrategia de Rorty conduce al mismo lugar: si no hay premisas comunes entre las diversas culturas o comunidades, ¿cómo se supone que se ha de hacer valer la persuasión antes que la fuerza? Si las razones que “nosotros” podemos esgrimir no pueden ser, por principio, convincentes para todos aquellos que no comparten nuestras creencias, ¿de qué modo podremos persuadirlos a “ellos” de la corrección o utilidad de nuestras posiciones? Pragmáticamente hablando, el liberalismo de Rorty culmina en el mismo lugar que el fundacionalista. En efecto, detener la conversación aduciendo que nos hemos topado con principios evidentes e indubitables, o detenerla porque hemos alcanzado nuestro “vocabulario final” aduciendo que no hay premisas comunes que hagan posible la argumentación es prácticamente lo mismo.

Veamos ahora qué ocurre con d). A veces, Rorty parece sugerir que, si bien no hay criterios o razones (en un sentido realista) para juzgar qué vocabulario es mejor que otro, sí podemos aducir razones pragmáticas, esto es, podemos sostener que tal o cual vocabulario es mejor para determinados fines. Dicho de otro modo: mientras que no podemos hallar razones para sostener que un vocabulario describe mejor el mundo que otro, sí podemos hallar razones para determinar cuál es más útil. Pero esta salida presenta varios problemas. Para empezar, no es sencillo reconciliar esta postura con lo expresado en iii), iv) y v). Además, parece suponer ingenuamente que la remisión a la dimensión pragmática puede ayudar a resolver todos los problemas de mediación entre vocabularios. En efecto, ¿por qué habríamos de suponer que, aunque no hay terreno neutral alguno entre vocabularios (en un sentido realista o trascendental del término) podemos hallar comunidad de intereses y de estándares para determinar la utilidad de los lenguajes? Si, como afirma Rorty, no hay premisas comunes para argumentar, tampoco puede haberlas para argumentar acerca de qué fines deben ser ponderados, cómo deben ser perseguidos y cómo determinar qué constituye el éxito o fracaso de un vocabulario. Sin duda, esto se refleja en las discusiones de Rorty con sus oponentes realistas y aun con aquellos que, siendo pragmatistas, sostienen, como es el caso de Putnam, alguna variante del realismo. Esto es: mientras reina un generalizado acuerdo acerca de la necesidad de dejar atrás la tradición epistemológica moderna, no hay consenso acerca de cómo lograrlo ni acerca de quién o qué posición lo ha logrado efectivamente. Esto quiere decir: si aceptamos v), no habrá modo de dirimir cuestiones acerca de qué fines ponderar, ni cómo alcanzarlos ni cuáles son los criterios para decidir si los resultados obtenidos son los deseados.

Desde el punto de vista de Rorty, superar la epistemología no parece ser una cuestión de argumentar en contra de posiciones sustentadas en el pasado y que se juzgan como incorrectas, sino, más bien, de introducir un nuevo vocabulario: “Nuestros esfuerzos de persuasión deben tomar la forma de una inculcación gradual de nuevas formas de hablar, más que de una argumentación directa en el estilo de las antiguas maneras de hablar”[49]. Puesto que, como ha señalado Taylor, la comprensión metafilosófica de su propia concepción es también una instancia de su tesis acerca de la naturaleza cerrada de los juegos de lenguaje, Rorty no tiene más remedio que renunciar a la argumentación. Pero entonces, la pregunta es la siguiente: ¿por qué habríamos de renunciar al vocabulario de la epistemología? Es claro que la sugerencia de Rorty de un cambio de vocabulario está presuponiendo una evaluación del vocabulario anterior. Rorty desestima el tradicional vocabulario epistemológico porque realmente no cree que sea posible representar el mundo tal como éste es en sí mismo. Ciertamente, podría aducirse que, pragmáticamente hablando, el vocabulario tradicional no sólo ha dado excelentes resultados en el pasado, sino que continúa dándolos en la actualidad. En este sentido, la “ilusión objetivista” parece ser un supuesto indispensable del quehacer científico[50]. De modo que resulta discutible, desde un punto de vista pragmático, la supuesta necesidad de reemplazo del vocabulario tradicional por uno nuevo. Pero, aunque tuviera razón Rorty al pretender introducir un nuevo vocabulario, ello implicaría el compromiso con por lo menos dos supuestos que él no está dispuesto a reconocer: primero, la posibilidad siempre disponible de evaluación racional inter-vocabularios, y, segundo, la consideración realista (en un sentido que requiere de elucidación) de los juegos de lenguaje. El primer supuesto apunta a destacar el principio contrario al afirmado en ii), iii) y v). Si Rorty cree que un vocabulario pragmatista sería mejor para nuestros fines actuales, debe ser porque tiene razones para desestimar el viejo vocabulario. Por ello, sus argumentos en contra de Descartes, Locke, Kant, Carnap, etc., deberían ser considerados como argumentos que destacan errores o problemas auténticos en el viejo vocabulario. Dicho en otros términos: deberían ser considerados como razones para abandonar el vocabulario de la epistemología y para aceptar un lenguaje pragmatista. El segundo supuesto sugiere que la manera tradicional de describir el conocimiento, procesos de justificación, etc., es equivocada porque no da en el blanco, no se ajusta a lo que nosotros hacemos ni a lo que es el conocimiento. En efecto, Rorty no cree que aquellos que sostienen un vocabulario representacionista están realmente representando la realidad. Si tomamos en serio el argumento de que no podemos salir de nuestro lenguaje para compararlo con una realidad desnuda, entonces no podemos creer que tal cosa sea posible ni en el vocabulario de los pragmatistas ni en ningún otro vocabulario. Si los filósofos representacionistas sostienen que pueden hacerlo, eso quiere decir que, sencillamente, nos están brindando una descripción falsa de la realidad. Por tanto, rechazar los dos supuestos mencionados, como hace Rorty, no sólo hace que su propuesta de un cambio de vocabulario carezca de toda motivación racional, sino que torna incomprensible su propia posición, pues precisamente lo que hace Rorty en todo momento es argumentar en contra del vocabulario que pretende reemplazar.

3) El problema central en la polémica entre Rorty y Taylor radica en si el realismo es posible o no una vez que se dejan de lado ciertos tópicos característicos de la tradición epistemológica. Como hemos visto en la sección II, Rorty parece aceptar una versión trivial del realismo; pero de ella, según su concepción, no se sigue ningún planteo interesante acerca de cómo hemos de entender las nociones de “mundo”, “corresponder” y “verdad”. Si descartamos la distinción esquema-contenido –argumenta Rorty- ya no podemos sostener que algunas descripciones se ajustan a la realidad mejor que otras. En lugar del realismo (aun trivializado) Rorty nos ofrece una nueva descripción de nuestras relaciones con el mundo: el vínculo es causal, no semántico. Examinemos, pues, la distinción rortyana entre una independencia causal y otra representacional.

Rorty afirma que, dado un lenguaje, podemos decir que el mundo es causalmente independiente de nosotros. Lo que no podemos decir es que el mundo es representacionalmente independiente de nosotros. En Consequences of Pragmatism afirma: “La mayor parte del mundo es como es cualquiera sea la cosa que pensemos acerca de él (esto es, nuestras creencias tienen una muy limitada eficacia causal)”[51]. Y en su respuesta a Taylor ofrece el siguiente ejemplo:

“Una vez que se describe algo como un dinosaurio, su color de piel y su vida sexual son causalmente independientes del hecho de haber sido descritos de ese modo. Pero antes de ser descrito como un dinosaurio, o como cualquier otra cosa, no tiene sentido la afirmación de que está “ahí afuera” teniendo ciertas propiedades. ¿Qué está ahí afuera? ¿La cosa en sí? ¿El mundo? (…) Una vez que se ha hecho eso [que se ha dado una descripción], pero sólo luego, estamos en posición de decir cuáles de esos rasgos son causalmente independientes de la descripción y cuáles no lo son. Si se lo describe como un dinosaurio, luego podemos decir que el rasgo de ser ovíparo es causalmente independiente de nuestra descripción como ovíparo, pero el rasgo de ser un animal cuya existencia ha sido sospechada en los siglos recientes no lo es”.[52]

 Algunos giros del ejemplo de los dinosaurios (“una vez que”, “pero antes de ser descrito” “una vez que se ha hecho (…) pero sólo luego”) pueden dar lugar a confusión, porque sugieren un matiz temporal[53]. Parece absurdo suponer que sólo después de que nosotros inventamos la palabra “dinosaurio” los dinosaurios empezaron a existir. Como el mismo Rorty afirma, el mundo es causalmente independiente de nuestras creencias. Con todo, si bien los dinosaurios son causalmente independientes de nuestras creencias, eso no significa que son lo que son aparte de nuestras descripciones, necesidades e intereses. Esto es, los describimos del modo en que lo hacemos (tenemos, por ejemplo, la palabra misma “dinosaurio”) porque ello sirve a nuestros propósitos. Todas las descripciones que damos del mundo están motivadas y llevan la impronta de nuestros propósitos. Desde el punto de vista de Rorty, no tiene sentido afirmar que esas descripciones atrapan clases naturales. Puesto que son innumerables las posibles descripciones de lo que llamamos “dinosaurio”, carece de sentido sostener que algunas de ellas están más cerca de cómo es la realidad en sí misma. ¿Cuál es el sentido, entonces, de la distinción de Rorty entre la independencia causal y la representacional? Lo esencial es la negación de la independencia representacional. Dice Rorty: “Para X ser representacionalmente independiente de nosotros es que X tenga un rasgo intrínseco (un rasgo que tiene bajo cualquier descripción) tal que resulte ser mejor descripta por algunos de nuestros términos antes que por otros”[54]. Hay que distinguir aquí dos cosas: por un lado, tenemos la cuestión de si tiene sentido la idea de un mundo en sí o la de cualidades intrínsecas del mundo (Rorty equipara ambas nociones); por otro lado, está la cuestión de si podemos ofrecer mejores descripciones de la realidad o no. Creo que Rorty infiere indebidamente la imposibilidad de un progreso en nuestras descripciones del mundo de su rechazo de la noción de cosa en sí. En primer lugar, pues, es preciso sostener con Rorty que, decir que el mundo no es representacionalmente independiente de nosotros quiere decir que todo nuestro conocimiento del mundo debe llevarse a cabo bajo alguna descripción. Independientemente de todo lenguaje, no podemos decir que el mundo posee ciertas propiedades, simplemente porque no podríamos pensarlas[55]. La idea de un mundo con ciertas propiedades, independientemente de toda descripción, es una idea ininteligible. Con todo, es preciso despejar algunas posibles confusiones. Si aceptamos que el mundo es causalmente independiente de nuestras creencias, deberemos reconocer que posee ciertas propiedades que están efectivamente “ahí”. Esto no presupone, sin embargo, la noción de mundo en sí. Cuando sostenemos que los dinosaurios habrían sido ovíparos aun cuando nunca los hubiésemos descrito así estamos diciendo que, aun en ese caso habría habido una propiedad –el de ser ovíparos- que podría haber sido objeto de nuestra descripción. Lo que hacemos en este caso no es más que contrastar descripciones actuales con descripciones posibles (y no nuestras descripciones con una realidad independiente del lenguaje). Dicho en otros términos: no todos los rasgos del mundo que pueden ser atrapados por nuestras descripciones son efectivamente atrapados por ellas, de modo que –dado que tenemos que asumir que ciertas propiedades del mundo son causalmente independientes de nuestras creencias- debemos reconocer que ciertas propiedades del mundo escapan a nuestras actuales descripciones, aunque también, necesariamente, que esas propiedades que ahora ignoramos deben caer dentro del espacio posible de nuestras futuras descripciones. Por tanto, puede afirmarse que el mundo no es representacionalmente independiente de toda posible descripción, pero sí que es representacionalmente independiente de nuestras actuales y siempre particulares descripciones de él. Ciertamente, Rorty desestimaría esta última afirmación alegando que nuestras descripciones no son en absoluto “representaciones”; sin embargo, el uso que aquí se hace de expresiones como “representación” y “representar” no supone la concepción criticada por Rorty, no supone la idea de una adecuación a un mundo en sí. Se trata –para utilizar una expresión de McDowell que también Putnam ha hecho suya- de la posibilidad de “la representación sin representaciones”[56].

En segundo lugar, está la cuestión de si el abandono de la noción de cosa en sí conlleva también el rechazo de que hay mejores y peores formas de describir el mundo. A primera vista, resulta extraño que Rorty niegue un papel epistémico al mundo, pues sostiene que el mundo causa las creencias que nos formamos de él y entiende a las teorías como una forma de lidiar con el entorno. Es preciso considerar, pues, por qué Rorty niega al mundo un papel epistémico en la determinación de la verdad de las creencias.

El argumento principal de Rorty deriva de su rechazo de la tesis de que es posible salir del lenguaje para establecer una comparación entre nuestras teorías y el mundo tal como éste es en sí mismo. De ahí su preocupación por distinguir la independencia causal de la representacional, pues la primera hace imposible, al menos esta es su pretensión, la idea de una correspondencia entre enunciados y mundo, y la segunda, no. Como señala Rorty, el punto en disputa es el siguiente: “los teóricos de la correspondencia necesitan criterios para la adecuación de los vocabularios tanto como para la de los enunciados, necesitan la noción de que un vocabulario de algún modo “se ajusta” al mundo mejor que otro”[57]; y esto –sostiene Rorty- es lo que no se puede hacer. En este punto, quisiera desarrollar un breve argumento que apunta a destacar cómo a partir de la noción de correspondencia (en un sentido aceptado por Rorty) puede sostenerse la idea de la determinación racional de los cambios de vocabularios.

Rorty reconoce que al nivel de los enunciados podemos sostener la idea de correspondencia y una forma de realismo. En este sentido, el mundo hace verdaderas nuestras aserciones[58]. Pero sucede que esta noción de correspondencia y de realismo es trivial –al menos así le parece a Rorty. Creo que Rorty se ha dejado impactar por esta trivialidad al punto de sacar consecuencias erróneas de ello. Obsérvese que, si bien reconoce que a nivel de los enunciados cabe sostener la idea de correspondencia, no obstante Rorty ha desestimado directamente –en su discusión con Taylor- esta noción de verdad. Sólo le parece interesante si se aplica a la idea de un mundo en sí, una idea que, por supuesto, rechaza. La misma jugada ha hecho con respecto al realismo. Y una de las consecuencias que ha sacado de ello es que el mundo nada puede decirnos acerca de qué vocabulario adoptar. Equipara, pues, la idea de que el mundo puede ayudarnos a decidir entre vocabularios alternativos con la de que debe existir un criterio para establecer el grado de ajuste de los vocabularios como totalidades con el mundo. Pero, si ni la verdad ni el mundo pueden motivar los cambios de vocabulario, tampoco podemos decir, en consecuencia, que los vocabularios que dan resultado se ajustan o describen mejor el mundo. Pues bien, creo que esta conclusión no se sigue. Aun aceptando las premisas de la argumentación rortyana, cabe extraer una conclusión diferente. Ciertamente, la idea de que contrastamos los vocabularios como un todo con el mundo es cuestionable. Rorty tiene razón en sostener que tal cosa supone el dualismo esquema-contenido. Tal pretensión también resulta falsa desde un punto de vista empírico: nunca procedemos ni hemos procedido de esa manera pues no disponemos de ningún criterio para contrastar directamente los vocabularios con el mundo al cual se refieren. Sin embargo, del hecho de que no podamos contrastar directamente los vocabularios como un todo con el mundo no se sigue que no haya mejores y peores vocabularios para describirlo, ni que el cambio de vocabularios no se deba a razones, ni que esas razones no sean extraídas de nuestro trato con el mundo. Los vocabularios determinan qué enunciados podemos hacer dentro de ellos, pero ciertamente no determinan su verdad, pues ésta depende de cómo es el mundo. En consecuencia, podemos extraer de ello razones para decidir si un vocabulario es de recibo o no. Si los enunciados que podemos hacer en un vocabulario dado resultan ser en su mayoría falsos, o si resultan ser falsos los enunciados involucrados en cuestiones que son significativas para nosotros y que necesitan respuesta, luego podemos sostener que un vocabulario así no describe correctamente el mundo y tenemos aquí, por ende, motivos para sustituir este vocabulario por otro que cumpla mejor su propósito, esto es, que nos permita hacer enunciados que resulten ser verdaderos en aquellos ámbitos de la experiencia que juzgamos importantes. Pero cuando decimos que un vocabulario no se ajusta al mundo no es porque hemos salido de todo vocabulario posible y hemos confrontado el vocabulario en cuestión con la realidad bruta, sino porque, o bien disponemos de un nuevo vocabulario más promisorio, o bien el vocabulario en uso deja tantas cosas sin explicar y falla en tantas cuestiones que precisan solución que sospechamos que el mundo no es tal como él lo describe. Ciertamente, no hay un único criterio o un algoritmo para determinar unívocamente qué vocabulario debe ser aceptado y cuál ha de ser rechazado, pero de aquí no se sigue que el mundo no desempeñe ningún papel epistémico en la determinación de lo que creemos. En efecto, si el mundo, tal como pensamos que es, no desempeñara ningún rol de esta naturaleza a la hora de decidir qué teoría aceptamos, ¿en función de qué habríamos de ponderar las teorías acerca del mundo? Como puede verse fácilmente, con el argumento recién esbozado hemos aceptado la tesis rortyana de que la correspondencia sólo tiene sentido cuando ya hemos adoptado un lenguaje, también asumimos que el mundo sólo tiene un rol epistémico cuando hemos adoptado un vocabulario, pero extraemos, con todo, una conclusión que nos permite entender los cambios de vocabulario como motivados racionalmente por la acumulación de problemas sin respuesta que pueden generar los vocabularios en los que estamos situados[59]. Sin duda, todo esto puede resultar trivial, pero en todo caso no justifica un abandono liso y llano de toda forma de realismo[60]. Rorty podría haber asignado esta función al mundo partiendo de su concepción pragmatista de la verdad, acentuando la idea de que es en nuestro trato con el mundo donde se verifican las ventajas prácticas que comporta toda creencia verdadera. En lugar de seguir este camino, intenta disolver la disputa entre el realista y el anti-realista sosteniendo que “entendemos todo lo que hay que saber acerca de la relación entre las creencias y el mundo cuando entendemos las relaciones causales con le mundo”[61]. Otra razón implicada en la posición de Rorty parece ser la que extrae como consecuencia del carácter cerrado de los juegos de lenguaje: la que sostiene que, ante la imposibilidad de escapar de nuestras prácticas, sólo queda una justificación circular de nuestras creencias[62]. Sin embargo, si es cierto que los juegos de lenguaje no determinan, por sí mismos, la validez de los enunciados que hacemos en ellos, y si se acepta, además, como parece hacer Rorty en ocasiones, la noción de verdad como correspondencia dentro de un juego de lenguaje deberemos rechazar las tesis rortyanas mencionadas arriba. Como señala Taylor, ciertamente el mundo es causalmente independiente de nuestras creencias, pero además, podemos clasificar las cosas y explicarlas de diversas maneras. La transición de una teoría a otra no precisa de la noción de un mundo independiente de todo vocabulario porque siempre hay un lenguaje, creencias y propósitos mínimamente compartidos.

Por tanto, ¿Pueden los vocabularios o juegos de lenguaje ser interpretados en un sentido realista? Todo depende de cómo se defina el realismo y de cuáles sean los criterios que determinan la corrección o incorrección de los vocabularios mismos. Si estos se juzgan en función de su adecuación con la realidad y esto quiere decir simplemente que describen correctamente el mundo aquellos vocabularios que nos permiten hacer enunciados verdaderos acerca de él, entonces la respuesta es afirmativa[63]. En este sentido, también los pragmatistas clásicos son realistas. Pero, si una concepción realista de los vocabularios exige una confrontación de los mismos con una realidad en sí a la cual supuestamente se ajustan, una realidad con cualidades intrínsecas como la criticada por Rorty, entonces la respuesta es negativa. Ciertamente, aun cuando se rechace la noción de cosa en sí no se ha aclarado cabalmente todavía cuál es la relación entre nuestro conocimiento del mundo y el mundo; pero la jugada pragmatista de Rorty no lo deja en una mejor posición que al realista. En efecto, Rorty piensa que reemplazar la idea de que representamos el mundo por la de que “tratamos” o “hacemos frente” al entorno resulta más iluminador o menos problemático. Pero, ¿qué significa precisamente “tratar” o “hacer frente” al mundo? ¿Y qué significa aquí “mundo” ? No ciertamente algo que está más allá de toda descripción, algo que se refiere a la noción de contenido como correlato de la noción de esquema conceptual. Así como el realista debe aclarar a qué se corresponde un vocabulario, así también Rorty debe decirnos cuál es el mundo con el que lidiamos. Según un artículo temprano de Rorty, “mundo” mienta el conjunto de creencias que usualmente sustentamos. De acuerdo a ello, decir que el mundo determina la verdad de nuestras creencias no es más que sostener que “debemos hacer que nuestras nuevas creencias se conformen al vasto cuerpo de tópicos, reportes perceptuales incuestionados y cosas por el estilo”[64]. Esta manera de entender el mundo seguramente es lo que lleva a Rorty a desestimar la idea de correspondencia dentro del lenguaje como algo trivial y a enfatizar, en su lugar, la coherencia. Pero, ¿es éste el mundo con el cual mantenemos una relación causal, según Rorty, pero no semántica? La noción de “mundo” como la totalidad de las creencias incuestionadas no puede utilizarse aquí: el mundo no es simplemente un conjunto de creencias. Sabemos, por la discusión con Taylor, que para Rorty el mundo es causalmente independiente de nuestras creencias, en consecuencia, debería distinguir entre el mundo y el conjunto de nuestras creencias de un modo que no presuponga la noción de “mundo en sí”. ¿Puede realmente hacerse esto esgrimiendo únicamente relaciones causales entre nosotros y el mundo? La amenaza del objetivismo se cierne sobre su posición, pues ¿cuál es el mundo que suscita en nosotros toda suerte de creencias? Si nuestras creencias se explican causalmente en función de nuestro trato con el mundo, ¿cómo puede especificarse la noción de “mundo” sin apelar a la idea de “representación” (en el sentido defendido anteriormente) y describirse, por ende, ese nexo causal? Rorty, en contra de Kripke, sostiene que toda relación causal debe aparecer bajo una descripción. Surge aquí el siguiente problema: o bien las relaciones causales con el mundo son las que generan en nosotros ciertas creencias y, por tanto, se sustraen a toda descripción, o bien siempre son relaciones causales bajo alguna descripción, pero entonces ya se presupone un vínculo con el mundo que no es solamente causal[65].  Dicho de otro modo: Rorty niega el realismo (la idea de que es el mundo el que hace verdaderos nuestros enunciados) puesto que carece de sentido la idea de una correspondencia unívoca entre fragmentos de lenguaje y fragmentos de realidad. Esta concepción es errónea porque no podemos salir de nuestras creencias o de nuestro lenguaje como para establecer la comparación que exige el realismo. Se sigue que no podemos representar el mundo en modo alguno. Por tanto, cuando nos encontramos con concepciones divergentes de la realidad las disputas entre ellas no pueden decidirse apelando a la forma de ser del mundo. No obstante, para Rorty, el mundo sigue estando ahí, pues mantenemos relaciones causales con él. El producto de ellas son nuestras creencias. Pero, con todo, el mundo no hace verdaderas nuestras creencias, pues no hay representación. El problema es el siguiente: si nuestro acceso al entorno se reduce a nexos causales, ¿cómo podemos tener conocimiento de él?[66] ¿Cómo podemos afirmar su independencia causal? ¿No es ofrecer ya una determinada representación decir que el mundo es causalmente independiente de nuestras creencias? ¿Y qué quiere decir “describir los nexos causales entre nosotros y el mundo”? ¿Acaso la descripción de los nexos causales entre nosotros y el mundo no supone un vínculo semántico con el mundo? Rorty supone que evitando el representacionismo puede librarse de los problemas tradicionales de la epistemología, pero no se da cuenta de que su misma apelación a la causalidad como única forma de mantener el contacto con el mundo no es más que un capítulo de la historia que pretende dejar atrás. En efecto, la afirmación, aparentemente anti-escéptica, de que siempre estamos en contacto (causalmente) con el mundo no resuelve el problema, pues si el vínculo con el mundo no es cognitivo estamos en presencia de una posición anti-realista tradicional, y si, por otro lado, se sostiene a ultranza que el mundo está ahí, éste no puede ser sino la fuente inefable de nuestras creencias. Como se ha visto en la sección II, Rorty reconoce que hay un sentido por el cual puede decirse que los enunciados pueden ser verdaderos o falsos en virtud del modo en que es el mundo, pero en lugar de extraer de ello una explicación realista, la desestima resueltamente para intentar explicar todo nuestro trato con el mundo en términos causales. Así se establecen las oposiciones en las que nos introduce Rorty: pragmatismo vs realismo, causalidad vs correspondencia, representar vs tratar con el mundo. Pero no es claro que estas dicotomías sean más productivas que las de la tradición epistemológica moderna ni que basten para explicar nuestro conocimiento del mundo. En lugar de desestimar los aspectos obvios de nuestro trato con el mundo, sería mejor intentar explicar esas trivialidades de alguna forma[67]. Es realmente paradójico que un filósofo como Rorty, que siempre ha intentado aplicar un sentido deflacionista a los problemas de la filosofía, termine haciendo a un lado ciertas concepciones por considerarlas triviales o no suficientemente “metafísicas” como para merecer su interés.

 

Conclusión