Sobre la estrategia de la semántica realista
Eleonora Orlando
Universidad de Buenos Aires
El objetivo principal de una teoría ontológica o metafísica es determinar qué categorías de objetos existen en el mundo. A menudo, esta tarea ha sido transferida a otras disciplinas filosóficas, de modo tal que se ha intentado establecer la estructura del mundo mediante la propuesta de teorías que analizan la manera en que éste es representado por el pensamiento o por el lenguaje. Esta estrategia ontológica, común a muchos filósofos, desde Platón a Wittgenstein, pasando por los filósofos modernos, ha sido más recientemente adoptada por Donald Davidson. El conjunto de artículos agrupados bajo el título "Lenguaje y realidad" puede ser interpretado como un intento de fundar el realismo metafísico, según el cual el mundo existe independientemente del sujeto, en el llamado "realismo semántico", es decir, la tesis de que las condiciones de verdad de las oraciones del lenguaje natural son independientes de las capacidades del hablante: desde esta perspectiva, se considera que la asignación de condiciones veritativas tarskianas a las oraciones de un lenguaje natural proporciona un método para descubrir la estructura del mundo. En este punto, es útil aclarar que "realismo semántico" es la expresión elegida por Davidson para hacer referencia a su peculiar versión de la teoría correspondentista de la verdad. El denominado "principio de caridad" juega aquí un rol fundamental, pues es lo que permite fijar el (único) conjunto de creencias verdaderas que hace accesible la (única) estructura del mundo. En este sentido, se trata de una premisa fundamental del argumento en favor del realismo metafísico basado en el realismo semántico.
Mi propósito en este artículo es examinar la plausibilidad de este enfoque. Después de detenerme en algunos puntos de la argumentación davidsoneana, presento ciertas objeciones al intento de alcanzar la estructura de la realidad a partir del análisis semántico. En mi opinión, la adopción de las denominadas "estrategias ontológicas" en semántica, en virtud de las cuales se intentan establecer tesis ontológicas a partir de tesis o argumentos semánticos, constituye un error: la semántica y la metafísica son disciplinas independientes y, si alguna de ellas ha de ser considerada prioritaria, ésta es sin duda la metafísica. De este modo, considero que el realismo metafísico es conceptualmente independiente de la teoría de la correspondencia y debe, por tanto, ser fundamentado en una
decisión metafísica independiente de la teoría semántica en cuestión y previa a ella. Como conclusión, sostengo que el realismo semántico de Davidson no logra fundamentar el realismo metafísico; la adopción de esta última postura por parte del autor se basa, como es usual, en una decisión metafísica que debe ser justificada independientemente de la teoría propuesta para la interpretación del lenguaje.Cabe aclarar que, en una etapa posterior a la de los artículos mencionados, Davidson ha abandonado completamente el realismo; en el artículo "La estructura y el contenido de la verdad", declara que se trata de una postura indefendible, y, más aun, que la dicotomía realismo-antirrealismo no tiene sentido. Su nueva propuesta es la adopción de un acercamiento distinto al problema ontológico, que puede ser considerado un tipo de pragmatismo. Ahora bien, no ha habido cambio alguno en la teoría semántica que acompañe este giro en la visión metafísica. Esto no hace sino enfatizar el punto que me propongo demostrar: el fracaso de la teoría de la interpretación en el intento de fundamentar el realismo metafísico.
1. Del principio de caridad al realismo metafísico
Como es sabido, Davidson considera que una teoría adecuada para interpretar un lenguaje natural debe tener la forma de una teoría tarskiana de la verdad. De acuerdo con esto, en el marco de la teoría en cuestión, debe ser posible derivar, a partir de un conjunto de axiomas semánticos y reglas de inferencia, un teorema para cada oración s del lenguaje en estudio, el cual, mediante la especificación de sus condiciones de verdad, da los aspectos centrales del significado de s. Para tomar un ejemplo conocido, la comprensión de
Snow is white
es explicada mediante la derivación del bicondicional de la forma (T)
"Snow is white' es verdadera si y sólo si la nieve es blanca
De este modo, la teoría explica la comprensión lingüística en términos del conocimiento de las condiciones veritativas tarskianas de las oraciones del lenguaje en estudio. La intención de Davidson es entonces construir una teoría que permita pasar de una descripción inicial de la conducta lingüística, tal como
John emite "Snow is white"
a una redescripción interpretativa, tal como
John dice que la nieve es blanca
En opinión de Davidson, ciertas restricciones deben agregarse a la estructura tarskiana básica, de modo tal de otorgarle a la teoría aplicabilidad empírica. En primer lugar, el intérprete debe saber qué oraciones son consideradas verdaderas por los hablantes nativos, lo cual puede tener lugar mediante la identificación, por parte del intérprete, de cierta actitud psicológica hacia ellas, a saber, el asentimiento o la actitud de sostener una oración como verdadera. En segundo lugar, el intérprete debe aplicar el principio de caridad, lo cual le permite proyectar su propio sistema de creencias en los hablantes nativos y presuponer asimismo que éstos por lo general no se equivocan acerca del valor de verdad de las oraciones de su lenguaje. De acuerdo con esto, en términos del ejemplo anterior, reconocer que un hablante, ante ciertas circunstancias del mundo -a saber, frente a la nieve-, asiente a la oración "Snow is white" equivale a aprehender que esas circunstancias determinan la verdad -y, por tanto, el significado- de esa oración.
Como es sabido, Davidson considera que los fundamentos para asignar condiciones veritativas a las oraciones del lenguaje son también fundamentos para atribuir creencias y otras actitudes proposicionales a los hablantes; ambos procesos, de hecho complementarios, son los que hacen posible la interpretación de la conducta lingüística. El proceso de interpretación exige la resolución simultánea de dos incógnitas: el significado y la creencia. Por un lado, un intérprete puede asignar condiciones de verdad, y por tanto significado, a las oraciones emitidas en un discurso extraño sólo si conoce las creencias de los emisores; por otro, el acceso a éstas últimas depende esencialmente de la comprensión de su discurso. Davidson, siguiendo a Quine, propone entonces mantener fijo a uno de los factores, a saber, las creencias, mientras se determina el otro, esto es, el significado. Y es en este punto donde el mencionado principio de caridad desempeña un rol fundamental, puesto que permite al intérprete realizar las siguientes presuposiciones:
De este modo, frente a la emisión de una oración nativa, el intérprete puede concentrarse en desentrañar su significado, dando por sentado que (i) el hablante por lo general no tiene ninguna creencia distinta de las que él mismo tendría si estuviera en su lugar y (ii) la oración que el hablante sostiene como verdadera expresa por lo general una creencia que es de hecho verdadera.
Ahora bien, el principio de caridad sugiere claramente un argumento de tipo trascendental, en el sentido que Kant da a este término: así como, para Kant, el hecho de que existan juicios sintéticos a priori tiene como condición de posibilidad la presencia de ciertas estructuras en el sujeto, entendido como sujeto trascendental (a saber, los conceptos puros del entendimiento y las intuiciones puras de la sensibilidad), del mismo modo, para Davidson, el hecho de la comunicación lingüística tiene como condición de posibilidad la existencia de un conjunto de creencias compartidas que son en su mayor parte verdaderas. De acuerdo con esto, el lenguaje involucra una visión del mundo universalmente verdadera o, en palabras más familiares a la tradición filosófica, el lenguaje es una representación o una pintura verdadera del mundo. Dicho argumento podría ser esquematizado de la manera siguiente:
(1) La comunicación humana mediante el lenguaje es un hecho innegable.
/.. (2) Existe un esquema conceptual universal y verdadero que la hace posible.
/.. (3) Existe un mundo independiente de nuestras capacidades subjetivas que es representado por el esquema conceptual en cuestión -esto incluye, a grandes rasgos, la tesis central del realismo metafísico-.
Considero que es entonces posible reconocer dos estadios diferentes en este argumento. En el primero, se infiere la existencia de un esquema conceptual universal y verdadero a partir del hecho de la comunicación humana, como aquello que la hace posible. Es en esta inferencia donde, como puede apreciarse, el principio de caridad juega un rol clave. En un segundo estadio, en virtud del llamado "método de la verdad en metafísica", se pasa de la verdad universal de las creencias a la existencia independiente del mundo -es decir, nuevamente, a grandes rasgos, a la tesis central del realismo metafísico. Es este segundo estadio lo que convierte al argumento de Davidson en una versión contemporánea de la tradicional estrategia ontológica según la cual el estudio de los rasgos más característicos del lenguaje ha de revelar los aspectos más generales de la realidad. Según Davidson, la semántica de condiciones veritativas no sólo prepara el camino para la metafísica sino que nos provee del único método adecuado para abordar cuestiones ontológicas: el método de la verdad. Desde su punto de vista, sólo la estructura lingüística emergente de la asignación de condiciones veritativas a las oraciones en el contexto de una teoría de la interpretación lingüística permite revelar la estructura del mundo.
El compromiso ontológico se manifiesta en general claramente cuando la oración tiene una estructura cuantificacional, lo cual obliga al teórico a relacionar sistemáticamente variables con objetos del mundo. Dado que el autor acepta la propuesta nominalista de agotar los poderes expresivos del lenguaje natural por medio de la lógica de primer orden, no hay compromiso alguno con entidades correspondientes a los predicados. De este modo, una oración como
Hay ciudades raras
debe ser interpretada como afirmando que los individuos que constituyen los valores de cierta variable pertenecen al conjunto de las ciudades raras. Hay otros casos, tales como
Pablo se cayó tan violentamente que se rompió una pierna
en donde la estructura cuantificacional no se manifiesta tan claramente. Sin embargo, en opinión de Davidson, el análisis muestra que la comprensión de este tipo de oraciones conduce a comprometerse ontológicamente con la existencia de eventos. De acuerdo con esto, retomando el ejemplo, la oración anterior debe ser interpretada como afirmando que existen los eventos e y f, donde e es una caída sufrida por Pablo, f es una ruptura padecida por su pierna y e causó f.
De este modo, la estructura cuantificacional de los lenguajes naturales introduce un compromiso con la existencia de objetos, personas y eventos materiales -los cuales constituyen el dominio de las variables de cuantificación. Recordemos que el hecho de que aquéllos sean considerados tanto la causa como el contenido de las oraciones observacionales es lo que permite caracterizar a la perspectiva davidsoneana como externalista.
No hay que olvidar, sin embargo, que se trata de un enfoque no atomístico (o, en términos de Davidson, building-block) sino holístico: mientras que el primero considera que el punto de contacto entre la teoría lingüística y la evidencia está constituido por las palabras, el segundo sitúa ese punto en las oraciones. Como se recordará, Davidson distingue dos niveles explicativos: la explicación dentro de la teoría y la explicación de la teoría. Dentro de la teoría, las condiciones de verdad de las oraciones son especificadas, en virtud del principio de composicionalidad, haciendo referencia a la mencionada estructura interna y, por tanto, al concepto semántico de referencia, que involucra las relaciones entre los distintos tipos de palabras del lenguaje y los distintos tipos de entidades del mundo. Pero cuando se trata de establecer la aceptabilidad de la teoría, lo único que está conectado con la conducta y el entorno es el concepto de verdad. La razón de la centralidad conferida a la noción de verdad en desmedro de la de referencia se debe a la suscripción davidsoneana de la tesis de la inescrutabilidad de la referencia, originada en Quine, de acuerdo con la cual la noción de referencia carece de contenido empírico objetivo y es, por tanto, relativa a un cierto esquema conceptual. De este modo, el concepto de referencia resulta ser un concepto intrateórico que tiene distintos poderes deductivos para la asignación de condiciones veritativas; en otros términos, tanto las relaciones entre nombres y objetos como las relaciones entre predicados y conjuntos de objetos sólo reciben contenido empírico a través de la asignación de condiciones veritativas a las oraciones en las que los nombres y los predicados figuran, es decir, en el nivel de los bicondicionales T. En síntesis, desde la perspectiva holística, el lenguaje nos conecta con el mundo no por medio de las palabras sino en el nivel de las emisiones oracionales, consideradas como el comportamiento lingüístico básico.
Hecha la aclaración anterior, la postura de Davidson podría ser caracterizada mediante las dos tesis siguientes:
(i) la construcción de una teoría semántica para el lenguaje natural implica la aceptación de la existencia de un mundo independiente del sujeto, constituido por distintas categorías de objetos físicos (objetos materiales, eventos, hablantes);
Los primeros artículos de Davidson sobre la interpretación radical revelan claramente entonces un compromiso con el realismo de sentido común, es decir, la tesis ontológica de que los objetos físicos existen externa e independientemente de nuestras capacidades epistémicas. Más específicamente, Davidson pretende basar el compromiso en cuestión exclusivamente en consideraciones semánticas. En su opinión, es sólo en la medida en que las emisiones y creencias de hablantes e intérpretes se relacionan con un mundo físico común a ambos que es posible afirmar que los objetos físicos existen externa e independientemente de sus capacidades epistémicas. Según Davidson, la única manera posible de llevar a cabo una investigación metafísica es mediante la clarificación del compromiso ontológico de la teoría de la interpretación, proceso que nos revela la existencia de un mundo externo e independiente de hablantes e intérpretes. En otras palabras, Davidson defiende el realismo metafísico y considera que éste sólo puede ser fundamentado en lo que denomina "realismo semántico", es decir, en la asignación de condiciones de verdad externas y objetivas a las oraciones del lenguaje. Como se mencionó más arriba, se trata claramente de un argumento trascendental, según el cual es posible establecer ciertas tesis, en particular, la existencia de un sistema universalmente verdadero de creencias y el realismo metafísico, en virtud de que especifican las condiciones de posibilidad de ciertos hechos observables, en particular, la comunicación humana mediante el lenguaje o la conducta lingüística. En términos más próximos a los de Kant, podría decirse que Davidson propone una deducción trascendental del realismo metafísico -en tanto tesis estrechamente unida a la de la universalidad del sistema de creencias.
2. Una crítica del argumento
Como explicité en el apartado anterior, el enfoque de Davidson involucra un argumento trascendental mediante el que se intenta fundamentar el realismo metafísico. Según este argumento, la comunicación lingüística requiere, como condición de posibilidad, la existencia de un sistema de creencias universalmente compartido y, en su mayor parte, verdadero. La verdad del esquema conceptual en cuestión está determinada por su correspondencia con un mundo que existe independientemente del sujeto.
Ahora bien, en mi opinión, el argumento fracasa por las razones que detallo a continuación. En primer lugar, en lo que concierne al primer estadio, esto es, la inferencia del carácter universal y verdadero de nuestro esquema conceptual a partir del fenómeno de la comunicación lingüística, considero que está absolutamente injustificado.
Ante todo, considero que el principio de caridad debe ser interpretado de manera muy débil, es decir, como un principio que concierne a la atribución de significados pero no es constitutivo de ésta. Desde este punto de vista, se trata de un principio heurístico, puramente metodológico. Su formulación más adecuada sería la siguiente: al empezar la interpretación, el intérprete no puede presuponer que el esquema conceptual del hablante sea distinto del suyo propio. A fin de comprender el discurso ajeno, el hablante se ve obligado a seguir un cierto camino o, en otros términos, a adoptar un cierto método: la proyección en el otro del propio sistema de creencias. De acuerdo con este sentido mínimo, el proceso de interpretación no involucra una unión profunda entre lenguaje y esquema conceptual sino un vínculo puramente metodológico, inicial y pasajero.
Como podrá apreciarse, en algunos puntos, el mismo Davidson sugiere esta interpretación:
"La idea clave de Quine es que la interpretación correcta de un agente por otro no puede admitir inteligiblemente ciertos tipos y grados de diferencia con respecto a las creencias entre hablantes e intérpretes. Como resultado de ello, el intérprete está justificado en presuponer ciertas cosas acerca de las creencias del hablante antes de iniciar el proceso de interpretación."
La plausiblidad del principio interpretado de esta manera reside en que podría ser conveniente empezar por asignar al hablante una lógica común y verdad a todas sus emisiones, sin que ello garantice que lo asignado inicialmente se mantenga al finalizar la interpretación. Si bien podría objetarse que tal vez resulte más conveniente presuponer a priori que los hablantes tienen limitaciones -y, por tanto, no son, entre otras cosas, siempre veraces-, no se trata de un principio metodológico del todo carente de plausibilidad.
Ahora bien, el compromiso con un principio tal de ninguna manera implica la aceptación de lo propuesto por el argumento trascendental: derivar a partir de él una tesis ontológica que sostiene la existencia de un sistema universalmente verdadero de creencias. ¿En qué podría fundamentarse un paso semejante? Davidson no da ninguna razón que haga plausible el paso desde las necesidades metodológicas del intérprete a la verdad universal de las creencias. Aceptar un paso tal equivaldría a suscribir una interpretación fuerte del principio de caridad, sustancialmente distinta de la antes propuesta.
Según esta interpretación, el principio de caridad sería no ya un principio metodológico concerniente a la atribución de significados y creencias sino un principio constitutivo de los significados y las creencias mismas. Podría formularse como la tesis de que el esquema conceptual del hablante no es distinto del del intérprete (no hay dos esquemas conceptuales distintos), e incluso, de manera más fuerte, como la tesis de que el esquema conceptual del hablante no puede ser distinto del del intérprete (no puede haber dos esquemas conceptuales distintos). En otras palabras, si discriminamos las dos tesis comprendidas en la caridad, se estaría afirmando: por un lado, (a) que es constitutivo del hecho de que una persona tenga creencias y exprese oraciones significativas el que esa persona sea (más o menos) racional de acuerdo con nuestros standards; por otro lado, (b) que es constitutivo del hecho de que una persona tenga creencias y exprese oraciones significativas el que esas creencias y emisiones sean verdaderas de acuerdo con nuestros
standards; lo que implica que hay un sistema de creencias común a hablantes e intérpretes y que la mayor parte de las creencias de ese sistema son verdaderas. Cabe destacar que, bajo esta interpretación, todo principio gnoseológico, concerniente al intérprete que realiza la atribución, adquiere la categoría de un principio constitutivo, concerniente a la naturaleza misma del significado o la creencia atribuidos. No hay significado ni creencia sin proceso de atribución.Ahora bien, si bien hay puntos en los que Davidson parece sugerir esta interpretación, no ofrece ninguna razón convincente para aceptarla; en particular, no se ve sentido alguno en el cual el éxito en la comunicación haya de exigir un presupuesto semejante. Por consiguiente, si su teoría de la interpretación lingüística lo requiere, esto parece constituir una fuerte desventaja de la misma. En otras palabras, la tesis constitutiva enfrentan un claro problema de falta de base empírica: una cosa es afirmar que no podemos comprender a alguien con un esquema conceptual distinto del nuestro y otra muy distinta es afirmar que, en tanto no la podemos comprender, tal persona no existe. Primeramente, ¿por qué considerar que la universalidad es un rasgo constitutivo de nuestro esquema conceptual? Parece ser una cuestión empírica cuán similar al nuestro es el esquema conceptual de los demás. En segundo lugar, ¿por qué aceptar que la verdad es constitutiva del concepto de creencia? Nuevamente, parece ser una cuestión empírica cuán verdaderas son las creencias de una persona.
Además, la interpretación fuerte involucra un excesivo matiz epistémico. Bajo esta luz, se afirma que el significado depende de las condiciones epistémicas de algún intérprete, no sólo en su accesibilidad sino básicamente en su existencia. En otras palabras, no hay significado alguno al margen de la práctica de interpretación, y por tanto, de las restricciones epistémicas a las que ésta está sujeta. Estas restricciones no sólo regulan la práctica de atribución sino que constituyen esencialmente el significado atribuido. Del mismo modo, las teorías epistémicas del significado sostienen, por lo general, que no hay condiciones de verdad -significados- que trasciendan las capacidades epistémicas del sujeto y sus restricciones -o, en otras palabras, que no sean condiciones de verificación o de asertabilidad. Esta unión estrecha entre significado y condiciones epistémicas resulta paradójica en quien intenta presentar su teoría como una alternativa al verificacionismo, es decir, como una instancia de semántica de condiciones veritativas entendidas en sentido realista.
En lo que concierne al segundo estadio, esto es, a la inferencia del realismo a partir de la tesis anterior -la existencia de un sistema universalmente verdadero de creencias-, considero que también presenta dificultades. Ante todo, cabe preguntarse lo siguiente: ¿cuál es la concepción de la verdad defendida por Davidson? Si uno se atiene a los artículos compilados en Essays on Truth and Interpretation, parece tratarse claramente de lo que podría denominarse "una versión heterodoxa" de la teoría correspondentista de la verdad (véase especialmente, el artículo titulado "True to the Facts"). El carácter heterodoxo se debe a los rasgos antes mencionados, a saber, el explícito rechazo de la noción de referencia -en el camino abierto por Quine a partir del argumento de la indeterminación de la traducción- y la consiguiente adopción de una estrategia holística.
Ahora bien, es posible interpretar al argumento de Davidson como presuponiendo la tesis de que la teoría de la correspondencia incluye al realismo como parte constitutiva. De acuerdo con esto, la inferencia correspondiente al segundo estadio del argumento estaría justificada por el hecho de que la tesis del realismo está contenida implícitamente en la afirmación de la existencia de un único sistema de creencias universalmente verdadero; en otras palabras, se trataría de una inferencia deductiva. Desde este punto de vista, la verdad de una oración requiere no sólo que la oración en cuestión se corresponda con ciertas condiciones del mundo sino además que tales condiciones sean concebidas a la manera realista, esto es, que sean independientes de la mente y objetivas. En mi opinión, sin embargo, esto constituye un error: la correspondencia y el realismo son teorías conceptualmente independientes; en particular, el realismo no puede ser considerado un mero componente conceptual, constitutivo de la correspondencia. Veamos cómo es posible formular sus tesis principales con cierto rigor.
El realismo es una teoría acerca del mundo, según la cual los hechos, objetos, propiedades y/o eventos que integran el mundo son de naturaleza no mental y existen independientemente de nuestras capacidades subjetivas (epistémicas, semánticas y pragmáticas). Podría decirse, siguiendo a Devitt, que la tesis realista tiene dos dimensiones:
(i) una dimensión de existencia cuya explicitación involucra una especificación del tipo de entidades que conforman el compromiso ontológico realista;
Como puede verse, es esta última dimensión la que permite unificar a todas las posturas realistas, desde Platón a Quine: cualesquiera sean los tipos de entidades con los que se comprometa el realista (ya se trate de Ideas platónicas, formas aristotélicas, números, sentidos fregueanos u objetos físicos), lo importante para él es que esas entidades sean de naturaleza no mental y existan independientemente de las capacidades y facultades del sujeto. El realismo es por tanto una tesis muy general, acerca de los tipos de objetos que existe en el mundo y acerca de cómo existen esos objetos; no dice nada acerca de un tipo particular de objetos, a saber, las oraciones y un tipo particular de propiedades, a saber, los significados o propiedades semánticas.
Cabe aclarar que soy plenamente consciente de que ésta no es la manera habitual de caracterizar al realismo en la literatura filosófica contemporánea: la enorme influencia del giro lingüístico ha hecho que, en este siglo, la discusión en torno al realismo esté sistemáticamente dominada por el planteo del problema de la verdad. De ahí que la mayor parte de las caracterizaciones contemporáneas del realismo se hayan hecho fundamentalmente en términos de la noción de verdad. Por las razones detalladas más arriba, considero que esto es un error: dada su naturaleza general, las cuestiones metafísicas no están esencialmente ligadas a cuestiones semánticas sino que son previas a ellas; por lo tanto, no hay motivo alguno para mezclar sistemáticamente unas con otras. La adopción de una estrategia ontológica en semántica, además de no estar justificada -más que históricamente- tiene la desventaja adicional de oscurecer notablemente tanto el terreno de la metafísica como el de la semántica, complicando innecesariamente a cada uno de ellos con problemas que no les son propios.
La teoría de la correspondencia, por su parte, es una teoría acerca de la verdad, inspirada en la intuición de que la verdad es (o surge de) la correspondencia entre el lenguaje o el pensamiento, por un lado, y el mundo, por otro. Esta intuición ha dado origen a la teoría tradicional de la correspondencia, tal como se encuentra formulada en la obra de Platón y Aristóteles. Como es sabido, según la teoría en cuestión, la verdad de una oración
puede ser definida como su correspondencia o adecuación a un hecho del mundo. Esta relación presenta las siguientes características: se trata de una relación asimétrica (va del mundo al lenguaje pero no a la inversa), de fundamentación (el lenguaje está fundado, fundamentado o anclado en el mundo) y con correlatos específicos (cada determinado hecho del mundo fundamenta una determinada oración del lenguaje). Dado que tanto la noción de correspondencia o adecuación cuanto la noción de hecho no resultan fácilmente explicables, gran parte de las versiones contemporáneas de la teoría de la correspondencia -tanto los enfoques atomísticos o building-block como la versión holística propuesta por Davidson- han apelado a la noción tarskiana de satisfacción, evitando de esta manera todo compromiso con la noción de hecho -a la que se considera carente de poder explicativo. El atomismo convierte a la noción tarskiana de satisfacción en el concepto empírico de referencia, definido en términos causales; Davidson, por su parte, niega que la noción en cuestión tenga contenido empírico independientemente de la noción de verdad pero le atribuye un rol intrateórico fundamental en la asignación de condiciones veritativas. La teoría contemporánea de la correspondencia, tanto en su versión atomística como en su versión holística, es entonces (o, por lo menos, intenta ser) una teoría de la representación o del significado; en otros términos, es una teoría de la verdad que identifica a ésta última con la aptitud representacional de las oraciones del lenguaje.Si esto es así, no es difícil concluir el punto que destaqué anteriormente, a saber, la independencia conceptual del realismo metafísico respecto de la teoría de la correspondencia. La teoría de la correspondencia es por tanto, en mi opinión, perfectamente compatible con el antirrealismo metafísico -creo, además, que pueden citarse ejemplos históricos de esta compatibilidad, entre los cuales figura el propio Kant. La creencia de que la correspondencia incluye al realismo proviene de confundir lo que ha sido una unión sistemática a lo largo de la historia de la filosofía desde los tiempos de Platón y Aristóteles con una unión conceptual. Conceptualmente, el realismo metafísico y la teoría de la verdad como correspondencia son tan independientes uno de otra como la metafísica aristotélica y la astronomía ptolemaica. Por consiguiente, un argumento en favor de -una cierta versión de- la correspondencia, como es la teoría davidsoneana de la interpretación radical, no constituye un argumento en favor del realismo. Aun cuando se aceptare, en virtud de la mencionada teoría, que hay un único sistema de creencias verdadero y que la noción de verdad involucrada debe entenderse correspondentísticamente, sería posible pensar que las condiciones del mundo con las cuales se corresponden las oraciones verdaderas del lenguaje o bien son de naturaleza mental o bien sólo existen en relación con las capacidades -ya sea epistémicas, semánticas o pragmáticas- constitutivas del sujeto.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que el realismo es perfectamente compatible con la existencia de más de un sistema verdadero de creencias. Cada sistema podría asociar las entidades reales de una manera distinta y peculiar. En otras palabras, sistemas alternativos bien podrían reconocer distintos tipos de entidades, de acuerdo con distintos intereses. El realismo no se compromete con la elección de un tipo especial sino con la independencia de cualesquiera sean elegidos.
Asimismo, cabe destacar que el realismo es igualmente compatible con la existencia de un sistema de creencias en su mayor parte falsas. Como ha sido señalado por Devitt,
"[...] la dimensión de independencia que caracteriza al realismo implica la posibilidad de estar completamente equivocados acerca del mundo".
Pero la caridad excluye expresamente esta posibilidad.
Como conclusión, no parece haber razones conceptuales que justifiquen la inferencia contenida en el segundo estadio del argumento trascendental ofrecido por Davidson.
Por otro lado, la posibilidad de que la inferencia en cuestión se apoye en razones empíricas -como por ejemplo la idea de que el realismo constituye la mejor explicación de la existencia de un único sistema de creencias universalmente verdadero- está descartada por el carácter trascendental del argumento. Un argumento trascendental es, por definición, un argumento que apela a razones conceptuales, las cuales, por lo general, se supone que pueden ser conocidas a priori.
En relación con este último punto, cabe destacar que el argumento puede ser recusado justamente en virtud de su carácter trascendental. Quien considere que no hay diferencia entre "las cuestiones de razón" y "las cuestiones de hecho" -o, en la terminología anterior, razones conceptuales y razones empíricas- y que el conocimiento es siempre de carácter empírico, puede negarse a aceptar la legitimidad de los argumentos trascendentales. Por consiguiente, aun cuando se creyera, en contra de lo dicho más arriba, que hay una unión conceptual entre el realismo y la correspondencia, dicha unión no podría ser demostrada mediante un argumento que apelara al conocimiento apriorístico de las condiciones de posibilidad.
Asimismo, no se puede dejar de señalar que el uso de un argumento trascendental por parte de Davidson resulta díficil de compatibilizar con su explícita intención de construir una teoría empírica del significado. ¿Por qué habría de abandonar el ideal fisicalista en el momento de establecer la conexión entre la teoría semántica en cuestión y la metafísica? Nótese que la pregunta es pertinente aun cuando se piense, como en mi caso, que el ideal fisicalista es inicialmente traicionado en el terreno semántico, con la adopción del principio de caridad; la introducción del argumento trascendental parece constituir, sin embargo, una transgresión más explícita.
Finalmente, cabe destacar que el argumento es profundamente paradójico, por cuanto trata de establecer un compromiso ontológico con el realismo a partir de las supuestas necesidades metodológicas del intérprete. La existencia de un sistema universal de creencias, verdadero en virtud de su correspondencia con el mundo, es basada en la incapacidad del intérprete para concebir un esquema conceptual distinto del propio; asimismo, la estructura de la realidad puede ser alcanzada despojando a una idea de todo sentido: la idea de distintos esquemas conceptuales. En otras palabras, se considera que las condiciones subjetivas que hacen posible la comunicación son capaces de fundamentar rasgos objetivos, características del mundo. Esta estrategia de fundamentar las categorías ontológicas en capacidades subjetivas caracteriza usualmente no al realismo sino a las posturas metafísicas antirrealistas o constructivistas -de ahí el carácter paradójico de la concepción davidsoneana.
Conclusión
En mi opinión, Davidson no ha ofrecido un argumento adecuado en defensa de la posibilidad de fundamentar el realismo en consideraciones puramente semánticas. Aun si el principio de caridad fuera aceptable como presupuesto metodológico, punto que a su vez puede ser cuestionado, no habría relación directa entre las supuestas necesidades metodológicas del intérprete y el compromiso con el realismo metafísico. Su teoría de la interpretación sin duda involucra un conjunto de presupuestos empíricos de sentido común, pero entre éstos y el realismo metafísico hay un largo trecho. Esto me conduce a pensar que su adhesión incial al realismo ha sido el resultado de una decisión metafísica independiente. Al declarar, por ejemplo, que la estructura cuantificacional del lenguaje natural introduce un compromiso con la existencia de objetos y eventos físicos, Davidson está presuponiendo la verdad de una tesis ontológica independiente en favor de la existencia de unos y otros. En otras palabras, su preferencia por objetos y eventos físicos por sobre, por ejemplo, objetos y eventos mentales, está determinada por consideraciones ontológicas ajenas a la semántica.
Más aun, como he mencionado al comienzo de este trabajo, en el presente, Davidson sostiene que tanto la teoría de la correspondencia como el realismo metafísico son insostenibles. Por un lado, parece defender una versión peculiar de la concepción deflacionaria de la verdad: si bien la idea de correspondencia le resulta ininteligible en virtud de la imposibilidad de identificar las entidades con las que se corresponden las oraciones verdaderas, tampoco quiere defender una concepción epistémica de la verdad puesto que considera que tal punto de vista priva a la verdad de su carácter de parámetro objetivo. Por otro lado, en lo que concierne al problema ontológico, propone un nuevo acercamiento, que sin ser realista ni antirrealista pretende tener rasgos de ambas posturas -el cual tal vez pueda ser caracterizado como un tipo de pragmatismo. Mi propósito al referirme a esta nueva postura no es profundizar en ella sino tan sólo señalar que no hay cambio alguno en la teoría semántica que acompañe este cambio en la visión metafísica. La misma teoría que antes aparecía comprometida con el realismo revela ahora un compromiso con una supuesta posición intermedia, distinta tanto del realismo como del antirrealismo. En mi opinión, esto es un claro signo de la neutralidad ontológica de la teoría en cuestión: tal como está, no nos compele a aceptar ninguna concepción del mundo en particular.
En general, considero que las cuestiones metafísicas no dependen conceptualmente de cuestiones semánticas. La metafísica u ontología se ocupa del mundo en general, mientras que la semántica se ocupa de una parte específica del mundo, a saber, aquélla constituida por el lenguaje, y, en particular, por los significados. Lo razonable es que todas las decisiones ontológicas particulares, entre las cuales se cuenta la concerniente a los significados, se adecuen a nuestro compromiso ontológico general. Si esto es así, el compromiso ontológico general involucrado por el realismo metafísico no puede depender de la adhesión a la teoría de la verdad como correspondencia, esto es, de una decisión ontológica particular relativa al significado lingüístico. Por consiguiente, desde mi punto de vista, la denominada "estrategia de la semántica realista", propuesta por Davidson, no logra el objetivo de ofrecer una fundamentación adecuada del realismo metafísico. Dejando de lado ciertos puntos de la argumentación davidsoneana que he encontrado discutibles -tales como la aceptación del principio de caridad y el carácter trascendental del argumento-, considero que el problema principal está constituido por la estrategia involucrada: si el objetivo es fundamentar el realismo metafísico, no es adecuado elegir como punto de partida una teoría semántica. Una postura metafísica general como el realismo sólo puede justificarse sobre la base de una decisión metafísica general.
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