Comprensión lingüística y conocimiento a priori

Eleonora Orlando

Universidad de Buenos Aires

 

En este trabajo, me ocuparé de analizar un tipo de enunciados de los que se suele considerar que se tiene conocimiento a priori, a saber, los enunciados que se siguen de definiciones de términos. Un ejemplo muy usado de éstos es "Los solteros son no casados", que se sigue de la definición de soltero "Un soltero es un hombre adulto no casado"; otro, no tan usado como el anterior, es "Los olmos son árboles". De ellos suele decirse que son verdaderos no en virtud de un hecho sino en virtud de un vínculo conceptual –entre lo expresado por sus correspondientes términos-, por lo que se trata de enunciados cuya verdad puede establecerse no a posteriori sino a priori, no sobre la base de una experiencia sino a partir de su mera comprensión. La tesis que intentaré defender en este trabajo es que desde la perspectiva de una concepción fáctica de la semántica es posible rechazar esta opinión tradicional: los enunciados del tipo de los mencionados, si son verdaderos, lo son en virtud de la existencia de hechos semánticos y, por lo tanto, su verdad sólo puede establecerse a posteriori. Su presunta aprioridad es sólo una impresión, generada por el hecho de que los vínculos conceptuales en cuestión son parte de los hechos semánticos constitutivos de sus respectivos significados.

El trabajo está dividido en tres partes. En la primera, presento suscintamente algunas concepciones filosóficas alternativas del conocimiento a priori y su conexión con la noción de analiticidad. En la segunda, especifico qué entiendo por "concepción fáctica" de la semántica –téngase en cuenta que mi objetivo en esa sección no será presentar ni defender una teoría semántica específica sino sólo trazar el marco general en el que se inscribe cualquier teoría de ese tipo. Finalmente, en la tercera parte, me propongo mostrar de qué manera el marco general en cuestión permite sustentar la tesis de que el tipo de enunciados verdaderos en virtud de su significado ejemplificado más arriba no constituye un ejemplo de conocimiento a priori.

 

Parte I

Conocimiento a priori: tipo de justificación y modo de acceso

¿Qué es entonces un enunciado o una verdad a priori o de la que se tiene conocimiento a priori? Daré primero una respuesta extensional a esta pregunta, para luego ofrecer un esbozo de algunas de las definiciones más usuales.

Las verdades a priori suelen ser clasificadas en los siguientes tres tipos: (i) verdades lógicas; (ii) verdades matemáticas; (iii) enunciados que se siguen de las definiciones de los términos o, en términos de Carnap, enunciados que pueden transformarse en verdades lógicas si en ellos se reemplazan ciertas expresiones por sinónimos. A este último grupo pertenece el ejemplo dado al comienzo: si en "Los solteros son no casados" se reemplaza "soltero" por un sinónimo, se obtiene "Los hombres adultos no casados son no casados", cuya forma es "Todo ABC es C", que es una expresión del principio lógico de identidad.

Desde el punto de vista de la filosofía moderna pre-kantiana y empirista, se trata de verdades que sólo pueden justificarse (en ocasiones, con mucho esfuerzo) mediante el solo uso/ejercicio de la razón; las verdades a posteriori, por el contrario, requieren para ser justificadas el uso/ejercicio de la experiencia. El supuesto es entonces que las verdades se dividen en dos conjuntos disyuntos (en forma exclusiva), y que los seres humanos hemos sido dotados de dos facultades distintas, la razón y la experiencia, para disponer de/obtener una justificación para cada uno de los conjuntos de verdades. Cuando se habla de las distintas fuentes u orígenes de esas verdades se hace referencia, quizás de una manera que puede conducir a confusión, a sus distintos tipos de justificación.

Es conveniente destacar que esta diferencia en el tipo de justificación no debe confundirse con una diferencia en el modo de acceso: las verdades a priori pueden ser captadas mediante la experiencia, como muestran los usuales procesos de aprendizaje de la matemática y del léxico, sin que ello equivalga a disponer de una prueba o un procedimiento de justificación de las mismas. (Un niño accede a "2 + 2 = 4" contando los dedos de su mano y a "Los olmos son árboles" escuchando y memorizando la respuesta de su madre ante la pregunta "¿Qué es un olmo?", pero tales procesos de aprendizaje no deben confundirse con los procesos de justificación de esas verdades, que en ocasiones sólo son accesibles a los expertos.)

Peacocke recoge esta distinción en los siguientes términos:

"[...] consider someone who comes to know a logical truth, (p->q) v (q ->p) say, by reading a proof of it. His seeing the lines of the proof and his seeing the citation of the rules used at each step, cause his belief that (p ->q) v (q->p). We must, however, distinguish sharply between the relation of causation and the relation of entitlement. The thinker is entitled to his belief that (p ->q) v (q ->p) because he has an outright proof of it, resting on no assumptions. The proof itself provides an entitlement in its last line. Perception of the written proof gives access to that entitlement, but is not itself part of that entitlement. [...] By contrast, in the case of seeing Yo-Yo Ma, the occurrence of the visual experience of Yo-Yo Ma accross the restaurant is part of the entitlement to the belief "That’ s Yo-Yo Ma". It is not as if the visual experience merely gives access to something else which provides the entitlement. There is no further thing to which the visual experience gives access. Rather, the visual experience itself is, in the circumstances, entitling."

Por consiguiente, el acceso tiene que ver con la causa de una creencia pero no con su justificación.

Resta señalar que la oscuridad involucrada en el supuesto proceso de captación mediante la razón o en la noción de intuición racional ha conducido a algunos filósofos a proponer concepciones distintas del tipo de justificación propio de las verdades a priori. La más famosa de estas concepciones alternativas es el convencionalismo. Desde esta perspectiva, representada paradigmáticamente por los positivistas lógicos, mientras que las verdades a posteriori se justifican en virtud de la experiencia, las verdades a priori se justifican en virtud de la adopción de una convención. Como tercera opción, es posible mencionar una concepción contemporánea de la aprioridad, inspirada en Quine, como es sabido, uno de los críticos más acérrimos del convencionalismo. Según Lance y O’Leary Hawthorne, las tradicionales verdades a priori constituyen un conjunto de enunciados a los que los miembros de una determinada comunidad –en este caso, podría tratarse de la comunidad constituida por la civilización occidental durante los últimos 2000 años, aunque no sé si ellos aceptarían este ejemplo- tienen derecho epistémico prima facie. En otros términos, se trata de enunciados que nadie en la comunidad se atrevería a desafiar, a menos que no le importara perder los beneficios de la comunicación; todos los aceptan implícitamente, forman parte de su cosmovisión, sin que ello implique que en ciertas cicunstancias –por cierto, no usuales- no puedan ser revisados o rechazados.

En síntesis, independientemente de cuál sea la concepción específica adoptada, las verdades a priori pueden entenderse como enunciados que o bien (i) se justifican por medio de la razón/intuición racional, o bien (ii) se justifican en virtud de la aceptación (convencional) de ciertos puntos de partida, o bien (iii) se justifican en virtud de su centralidad y utilidad para cierta forma de vida –ie, se trata, en todos los casos, de verdades cuya aceptación o rechazo, entendidos éstos como vías de justificación y no modos de acceso, no están determinados por la experiencia.

Ahora bien, es interesante tomar en cuenta que la distinción a priori-a posteriori es una distinción epistemológica que, como es sabido, está estrechamente relacionada con la clasificación de los enunciados en analíticos y sintéticos –relación que tal vez podría cuestionarse. Hay distintas caracterizaciones de esta última distinción. Un enunciado analítico es fundamentalmente un enunciado que expresa un vínculo conceptual o lógico, mientras que uno sintético expresa un vínculo fáctico; de este modo, se suele considerar que los primeros son enunciados cuya verdad puede establecerse sobre la base de la sola comprensión de sus términos, de los vínculos conceptuales que éstos expresan, es decir, por mero análisis; mientras que en el caso de los segundos su verdad sólo puede ser alcanzada a través de la experiencia. En otras palabras, se suele considerar, siempre dentro de los límites de la tradición moderna pre-kantiana y del empirismo, que los enunciados analíticos son verdades a priori mientras que los sintéticos son verdades a posteriori.

De este modo, la distinción a priori-a posteriori puede ser considerada como una diferencia en el tipo de justificación que le corresponde a ciertas verdades, estrechamente relacionada con una diferencia en la naturaleza de lo expresado por ellas –en particular, la justificación será a priori si lo expresado es un vínculo conceptual y será a posteriori si se trata en cambio de un vínculo fáctico. Para algunos filósofos empiristas y para Frege (para mencionar un filósofo de otra tradición), los vínculos conceptuales conforman un reino objetivo e independiente del mundo de los hechos –por lo que la verdad de los enunciados que los expresan sólo puede establecerse justificadamente sobre la base del acceso racional a ese reino; para los convencionalistas y los neo-quineanos antes mencionados, en cambio, tales vínculos no tienen existencia independiente y objetiva sino que son o bien el resultado de la adopción de ciertas convenciones o bien el producto de normas implícitas en las prácticas comunitarias –de ahí que la verdad de los enunciados que los expresan sea relativa o bien a las convenciones o bien a las prácticas en cuestión, respectivamente.

Ahora bien, si los enunciados analíticos a priori son aquéllos cuya verdad puede alcanzarse justificadamente por mero análisis conceptual, ie, en virtud de la comprensión de las expresiones involucradas, es posible plantearse las siguientes preguntas, de las que intentaré ocuparme en los apartados que siguen: (i) ¿cómo se relaciona exactamente la comprensión con el significado de las expresiones? y (ii) ¿cómo se relaciona exactamente el significado de las expresiones con la verdad y, particularmente, con la verdad a priori de los enunciados en los que figuran? En la consideración de estos problemas, me limitaré, como señalé al comienzo, al subconjunto de las verdades analíticas formado por los enunciados que se siguen de definiciones.

 

Parte II

Comprensión y significado: una perspectiva fáctica

Adoptar una perspectiva fáctica en semántica, es decir, en relación con el problema del significado es pensar que hay hechos objetivos constitutivos de los significados. Tal perspectiva es compatible con la propuesta de teorías muy distintas acerca de la naturaleza objetiva del significado. En este trabajo, no me propongo entrar en los detalles de una teoría tal sino tan sólo señalar lo que todas las teorías que puedan ser consideradas como pertenecientes a esta perspectiva habrán de tener en común: la atribución de objetividad e independencia de las capacidades constitutivas del sujeto al significado lingüístico.

Es pertinente hacer, sin embargo, dos aclaraciones. Por un lado, hay un sentido general de dependencia en el cual el significado no puede sino depender del sujeto: si no hubiera seres humanos ni comunidades lingüísticas, no habría significados. Esta dependencia es compatible con la perspectiva fáctica. Lo que ésta última niega es la dependencia más estricta según la cual cada significado específico depende para existir de un determinado acto de comprensión o de interpretación, llevado a cabo por un sujeto en el contexto de una comunidad lingüística.

Por otro lado, también quiero aclarar que la perspectiva fáctica no implica una concepción individualista (o mentalista, en el sentido moderno del término) de los significados: por el contrario, los hechos semánticos postulados bien pueden ser –y una teoría que así lo sostenga será preferible a otra que no lo haga- hechos sociales, comunitarios, institucionales y, en todo caso, por lo menos en parte, externos a la mente de los hablantes individuales.

Desde una perspectiva fáctica, entonces, los significados, comoquiera que se los conciba específicamente, son objetivos en el sentido de que no dependen para existir de un correspondiente proceso subjetivo de comprensión; por el contrario, subyacen a esos procesos y los regulan. La separación entre significado y comprensión, el hecho de que el primero no sea considerado un producto de la segunda, permite hacer una distinción teórica que resulta útil: se trata de la distinción entre la metafísica del significado y la epistemología del significado. Mientras que la primera se ocupa de (los hechos relativos a) los significados, ie, las propiedades semánticas objetivas de los sistemas lingüísticos, la segunda se ocupa de (los hechos relativos a) la comprensión, ie, de los procesos subjetivos, de tipo epistémico, que se desarrollan en relación con el uso del lenguaje.

Ahora bien, significado y comprensión son claramente diferenciables pero, como se dijo más arriba, están estrechamente relacionados: el significado subyace a la comprensión, la regula, la guía. La pregunta clave aquí es la siguiente: ¿acaso el cumplimiento de esta función normativa (del significado respecto de la comprensión) requiere que el significado en su totalidad cumpla una función epistémica o, en otros términos, que sea plenamente conocido por quien comprende una expresión? Sin pretender profundizar en este punto, sugiero que quien intente defender una posición fáctica (u objetivista) en semántica tiene buenas razones, todas ellas conocidas, para responder negativamente a esta pregunta.

En primer lugar, es plausible pensar que la comprensión lingüística no constituye una forma de conocimiento proposicional sino un tipo de destreza o habilidad –desde este punto de vista, comprender no sería conocer significados ni ninguna otra cosa sino, a lo sumo, saber cómo hacer algo (equivaldría no a un knowledge that sino a un knowledge how).

En segundo lugar, los conocidos argumentos externistas de Kripke, Putnam, Burge dan sólido fundamento a la idea de que, aun cuando la comprensión involucre cierto acceso al significado, hay un aspecto de éste que trasciende, por lo menos en parte, el ámbito de lo subjetivo – aspecto aquél que es usualmente denominado "referencia", "denotación", "extensión". Comprender, si es que equivale a conocer algo, sin duda no equivale a conocer todo el significado, puesto que la comprensión es compatible con la ignorancia y la equivocación, por lo menos parciales, acerca de la referencia. Vale la pena destacar que es en virtud de este aspecto que trasciende el conocimiento humano que todo uso particular del lenguaje puede ser corregido: si el significado regula las prácticas lingüísticas (autoriza algunas, sanciona otras), lo hace fundamentalmente en virtud de este aspecto objetivo.

En tercer lugar, es pertinente destacar que la perspectiva fáctica no tiene porqué comprometerse con una concepción puramente externista del significado. Como también es sabido, hay múltiples argumentos que fundamentan la necesidad de reconocer en el significado una dimensión epistémica innegable –tómense en cuenta, por ejemplo, el argumento fregeano a favor de la noción de sentido basado en la diferencia de valor cognoscitivo entre pares de enunciados con términos singulares correferenciales y el argumento más reciente a favor de los roles conceptuales basado en la necesidad de considerar a la explicación de la conducta como uno de los propósitos fundamentales de la atribución de significados.

En lo que sigue entonces daré por sentado que es posible defender una perspectiva fáctica mixta, ie, externista pero no puramente externista, sobre la base de la contundencia de dos tipos distintos de argumentos: por un lado, los conocidos argumentos externistas de Kripke, Putnam, Burge; por otro, los argumentos de inspiración fregeana que defienden la incorporación de un factor epistémico en el significado.

 

Parte III

 

¿Cómo podrían ser posibles los enunciados analíticos a posteriori?

A modo de introducción, quiero señalar que aquel factor del significado que es captado en el acto de comprensión –en oposición al factor que sólo puede resultar evidente a través de la reconstrucción teórica, la referencia de los externistas antes mencionados- puede ser caracterizado, en la línea de la tradición iniciada por Frege, como una parte fundamental del sentido de una expresión. Qué constituye exactamente el sentido de una expresión, en oposición a su referente externo, es algo muy difícil de establecer. Mi conjetura (cuyo desarrollo excede, por supuesto, los límites de este trabajo) es que los sentidos varían según se trate de nombres propios o de términos generales, y, en el caso de éstos, los sentidos (denominación que prefiero frente a la de rol conceptual) están constituidos (i) en parte por relaciones conceptuales o propiedades inferenciales accesibles al hablante o conscientes, (ii) en parte por relaciones conceptuales o propiedades inferenciales no accesibles al hablante o inconscientes y (iii) en parte por relaciones perceptuales con el mundo –basadas en interacciones causales- que constituyen mecanismos (subjetivos) de reconocimiento o identificación de objetos en general.

De este modo, lo que es epistémicamente accesible en el acto de comprensión no es todo el sentido sino sólo aquellas partes de él que son objeto de conocimiento explícito por parte del hablante, es decir, sólo las partes del sentido constituidas por las relaciones conceptuales de las que el hablante es consciente y las relaciones perceptuales conscientes que le permiten identificar objetos. (Hay una parte del sentido que puede no serle epistémicamente accesible en la comprensión, ie, las relaciones conceptuales de las que no es consciente; piénsese, por ejemplo, en la palabra "árbol": puede existir algún vínculo entre el concepto <árbol> y el concepto <arbusto> del que alguien pueda ser inconsciente sin que por ello haya de considerarsélo incompetente en el uso de "árbol". Esto último involucra una diferencia con repecto a la llamada "semántica de roles conceptuales", según la cual todas las propiedades inferenciales de una expresión, ie, todos sus vínculos conceptuales son accesibles a la conciencia del hablante competente –y constituyen su significado, dado que se trata de una concepción holista.)

Tal vez en este punto alguien podría preguntarse porqué considerar como un componente del sentido expresado por una palabra a algo que no es objeto de conocimiento explícito por parte del hablante. La respuesta a esta pregunta es que me propongo de esta manera respetar la actitud fregeana de considerar al sentido como aquello que el hablante conoce cuando comprende una expresión, sólo que, a diferencia de Frege, considero que hay aspectos que se conocen en forma explícita o conscientemente mientras que hay otros que se conocen de manera implícita o inconscientemente. Sólo los primeros son epistémicamente accesibles en el acto de comprensión –y son justamente los que fundamentan la idea de que hay enunciados analíticos (aunque, como veremos a continuación, a posteriori).

Es pertinente señalar entonces que en la medida en que la comprensión lingüística de algunos términos (en particular, los términos generales) permite el acceso consciente a ciertas relaciones conceptuales (constitutivas del sentido) no se trata de una habilidad pura sino de una capacidad que involucra cierto conocimiento proposicional explícito. (Este rasgo puede no ser general; en otras palabras, puede haber términos en el lenguaje cuya comprensión no permita el acceso consciente a relaciones conceptuales sino, por ejemplo, sólo la identificación consciente de un objeto. En este caso, que bien podría ser el de los nombres propios, la comprensión podría ser considerada una habilidad pura, a la que subyace cierto conocimiento proposicional implícito, tácito o inconsciente. En síntesis, el punto acerca de si la comprensión lingüística es o no una habilidad pura no puede establecerse en general: para algunas categorías de términos, bien podría ser que lo fuera; para otras, en cambio, no es así, puesto que su comprensión involucra el acceso consciente a ciertas relaciones conceptuales.)

Consideremos ahora nuestros ejemplos iniciales:

  1. Los solteros son no casados
  2. Los olmos son árboles

De acuerdo con lo expuesto, la comprensión de (1) y (2) puede ser entendida en términos del acceso epistémico a una parte fundamental de sus respectivos sentidos –o más fregeanamente aun, en términos de la captación de sus respectivos pensamientos. Los sentidos y pensamientos expresados pueden ser considerados como aquella dimensión epistémica innegable del significado, a una parte de la cual se accede conscientemente en el acto de comprender un enunciado. Ahora bien, si nos alejamos ahora de Frege para atender a los argumentos externistas antes mencionados, la comprensión de (1) y (2) no implica un conocimiento pleno de sus respectivos significados –en otras palabras, comprender (1) y (2) no implica saber plenamente qué es un soltero ni qué es un olmo (puedo ignorar, por ejemplo, algunos de los vínculos inferenciales de "soltero" o ignorar la cadena causal que conecta a "olmo" con un referente determinado y no con cualquier otro). Aun cuando yo comprenda perfectamente esos enunciados o haya adquirido cierta habilidad semántica en relación con ellos, hay un aspecto del significado que (por lo general) trasciende mi conocimiento –si hemos de atender a los argumentos externistas. Pero el valor de verdad de los enunciados en cuestión depende del significado total; por lo tanto, para determinar justificadamente su valor de verdad (en ambos casos, la verdad) debo captar algo que no me es dado en la comprensión o, en otros términos, algo que no me es epistémicamente accesible en tanto hablante competente del español: el hecho semántico que constituye su significado total. El hecho en cuestión (su naturaleza, sus rasgos constitutivos) sólo puede serme dado a través de una teoría semántica.

De este modo, me interesa destacar que cuando se dice que (1) y (2) son enunciados verdaderos en virtud de su significado,

  1. no puede estar diciéndose que (1) y (2) son verdaderos en virtud de la mera comprensión de sus términos componentes –a menos que se ignoren los argumentos externistas
  2. se está diciendo que (1) y (2) son verdaderos en virtud de un hecho semántico –que en su totalidad trasciende las capacidades cognoscitivas o epistémicas del hablante
  3. en la medida en que el hecho en cuestión sólo es accesible a través del estudio de cierta teoría semántica, la verdad de (1) y (2) sólo puede ser establecida a posteriori.

En este punto, quisiera hacer algunas aclaraciones pertinentes.

En primer lugar, el carácter a posteriori de la verdad de (1) y (2) no implica su contingencia. Si se toma en cuenta la concepción kripkeana de la necesidad como una modalidad metafísica, puede pensarse, por ejemplo, que los olmos son necesariamente árboles y, por tanto, que (2) es necesariamente verdadero, y que los solteros son necesariamente hombres no casados y, por tanto, que (1) es también necesariamente verdadero –aún cuando la verdad de ambos sólo pueda ser conocida como consecuencia de una determinada teoría semántica y, por tanto, a posteriori. (Desde este punto de vista, no sería muy distinta de "El agua es H2O".)

En segundo lugar, es preciso explicar porqué, en tanto hablantes competentes del español, tenemos la impresión de que la verdad de esos enunciados puede determinarse a priori, y fundamentalmente, de manera independiente de toda teoría semántica. En otras palabras, debemos dar cuenta de porqué intuitivamente nos creemos capaces de alcanzar justificadamente la verdad de esos enunciados en virtud de nuestra sola capacidad de comprender el lenguaje y sin necesidad de recurrir a ningún conocimiento auxiliar –intuición que es tal vez más fuerte y más clara en relación con (1) que con (2).

Para explicar esta intuición, y porqué es más fuerte en el caso de (1) que en el de (2), utilizaré la distinción, introducida previamente, entre tipo de justificación y modo de acceso. Como vimos, el tipo de justificación (propio) de un enunciado depende de la naturaleza de aquello a lo que se refiere: si el enunciado expresa un vínculo conceptual, sólo podrá justificarse a priori; si, en cambio, expresa un vínculo fáctico, su justificación será a posteriori. Por otro lado, el modo de acceso tiene que ver con nuestro peculiar proceso de aprendizaje de los enunciados, el cual por lo general suele involucrar alguna experiencia. De este modo, como mencioné en el primer apartado, es posible acceder por medio de una experiencia –esto es, a posteriori- a un enunciado cuyo tipo de justificación es a priori. El ejemplo que di anteriormente es el ejemplo usual de la matemática: un niño puede acceder a "2 + 2 = 4" por medio de la experiencia de agrupar y contar manzanas.

Ahora bien, ¿por qué no habría entonces de ser posible la combinación inversa, ie, modo de acceso a priori y tipo de justificación a posteriori? En mi opinión, esto es precisamente lo que ocurre en el caso de los enunciados como (1) y (2): se accede a priori, por mera inspección de los vínculos conceptuales, a una verdad cuyo tipo propio de justificación es a posteriori. En términos de Peacocke, lo que causa la creencia en (1) y (2), esto es, la captación de ciertos vínculos conceptuales, no es lo que la justifica, a saber, la existencia de ciertos hechos semánticos que incluyen y a la vez trascienden tales vínculos.

Una nueva comparación con el ejemplo de las manzanas puede resultarnos útil para explicar cómo es posible el acceso a priori a una verdad que es, de suyo, a posteriori. El acceso a posteriori a la verdad matemática es posible porque al niño le son dadas, en la percepción, las manzanas, y siente claramente la necesidad de contarlas en distintas situaciones concretas ("Me comí una, ¿cuántas me quedan? Y si le doy una a Nicolás, ¿me van a quedar menos?"). Del mismo modo, el acceso a priori a la verdad de (1) y (2) es posible porque en la comprensión de (1) y (2) nos son dados ciertos vínculos conceptuales –no sus respectivos significados totales pero sí (parte de) la dimensión epistémica de ambos, (parte de) lo que fregeanamente denominamos "sus sentidos". Pero así como el niño que suma dos manzanas y dos manzanas no está justificando al hacerlo la verdad de "2 + 2 = 4", quien accede a la verdad de (1) y (2) en virtud de la mera comprensión de esos enunciados no está por ello justificando tales verdades.

 

En síntesis, según el punto de vista que me propongo defender, (1) y (2) son verdaderos a posteriori, puesto que su verdad sólo puede ser justificadamente establecida en virtud de la aprehensión de un hecho semántico constitutivo de su significado –hecho que sólo puede ser identificado mediante el aprendizaje de una cierta teoría y, por lo tanto, de manera empírica. Con todo, puede pensarse que (1) y (2) son analíticos, por cuanto el hecho semántico en cuestión incluye como parte un vínculo conceptual entre lo expresado por el sujeto y el predicado, de acuerdo con el cual lo segundo no es sino una nota incluida en lo primero. En otras palabras, la sola comprensión, sin la teoría semántica pertinente, no alcanza por sí sola para establecer justificadamente la verdad de (1) y (2), en tanto ésta depende de un hecho semántico cuya identificación requiere, como ocurre con cualquier hecho teórico, el dominio de cierta teoría científica (en este caso, semántica), por lo que (1) y (2) son enunciados verdaderos a posteriori; sin embargo, en la medida en que hay una parte del hecho en cuestión que es (conscientemente) accesible en la comprensión, a saber, cierto vínculo conceptual que constituye el pensamiento expresado en cada caso, es posible afirmar que se trata de enunciados analíticos.

 

La diferencia entre analiticidad real y mera impresión de analiticidad

Paso ahora a analizar, a fin de cumplir con lo anunciado más arriba, cierta diferencia que uno podría considerar que existe entre (1) y (2), con el objeto de mostrar de qué manera mi posición parece dar cuenta de esa diferencia.

Alguien podría sentirse inclinado a considerar que

  1. Los solteros son no casados

    es más analítico que

  2. Los olmos son árboles

    impresión que podría intensificarse si se tomaran en cuenta

  3. Los tomates son frutas

    o

  4. Las ballenas son mamíferos

    Puede pensarse que en los casos de (2), (3) y (4) el vínculo conceptual expresado –entre <olmo> y <árbol>, <tomate> y <fruta>, <ballena> y <mamífero> respectivamente- es menos directo, en el sentido de que depende más de una cierta teoría científica que el vínculo conceptual expresado por (1) –entre <soltero> y <no casado>, basado exclusivamente en el sentido común. Esto se ve claramente en el caso de (4): es en virtud de una cierta teoría biológica (y no en virtud de sus propiedades fenomenológicas), que las ballenas son clasificadas de una manera y no de otra. A medida que el vínculo conceptual está más mediado por la aceptación de una teoría científica, ie, es menos intuitivo o deja de estar basado únicamente en el sentido común, la impresión de analiticidad –aunque no la analiticidad misma- parece disminuir.

    Esto se explica perfectamente en el marco de la propuesta anterior. Los vínculos conceptuales más directos son, por lo general, más fácilmente accesibles a la conciencia del hablante que los más teóricos –cuya acceso a la conciencia requiere cierto esfuerzo de aprendizaje. Son entonces los primeros, y no los segundos, los que resultan evidentes en el acto de comprender el lenguaje –de ahí que la comprensión de (1) involucre una clara impresión de analiticidad mientras que ése no es el caso de (4). Esto no implica que (4) no sea de hecho, independientemente de la impresión que pueda tenerse, tan analítico como (1): ambos enunciados lo son en virtud de expresar un vínculo conceptual, sea éste más o menos directo y, por tanto, más o menos susceptible de ser captado conscientemente por nosotros en los respectivos actos de comprensión. En mi opinión, nuestra capacidad para captar/acceder conscientemente vínculos conceptuales, capacidad que sin duda se pone de manifiesto en la comprensión lingüística, no debe confundirse con la estructura objetiva de tales vínculos. En términos del ejemplo anterior, <ballena> tiene un vínculo conceptual objetivo con <mamífero>, en virtud de cierto sistema conceptual influido por el desarrollo actual de la ciencia que nuestra sociedad en su conjunto considera conveniente adoptar; tal vínculo determina la analiticidad de (4). Pero esto es perfectamente compatible con que haya algunos hablantes –tal vez la mayoría- a cuyas conciencias tales vínculos resulten inaccesibles o no inmediatamente accesibles–por carecer de la información pertinente- a quienes por tanto (4) no parecerá analítico.

    Más aun, considero que la independencia entre la analiticidad real y la caracterizada como mera impresión de analiticidad es tal que ésta última puede incluso estar asociada con enunciados falsos. En otras palabras, bien puede ocurrir que ciertos enunciados falsos, como, por ejemplo,

  5. Las ballenas son peces

parezcan analíticos a todos aquellos hablantes que no sean (epistémicamente) conscientes del vínculo conceptual –por cierto, indirecto, mediato, no evidente pero no por ello menos objetivo, en el contexto de cierto sistema conceptual adoptado por la sociedad occidental- entre <ballena> y <mamífero>. En mi opinión, ello se debe a que mientras que la analiticidad real depende de la existencia de vínculos conceptuales objetivos, la mera impresión de analiticidad depende del relativo acceso consciente de los hablantes a esos vínculos y, por tanto, a los sentidos de las palabras, el cual depende a su vez en gran medida de los estereotipos aceptados y las creencias de sentido común. En términos del ejemplo anterior, (4) es analítico porque existe un vínculo conceptual objetivo entre <ballena> y <mamífero>, el cual determina que <mamífero>(o la relación con <mamífero>) sea parte del sentido de "ballena", independientemente de que esto no sea algo conscientemente accesible a la comprensión, posiblemente por la influencia que sobre ella ejerce la asimilación de las ballenas con los estereotípicos peces. De este modo, considero que los estereotipos (que pueden incluir rasgos falsos, como en el ejemplo anterior, en donde el estereotipo de "ballena" incluye el rasgo <pez>) no son parte de los sentidos expresados por las palabras –ie, ciertos vínculos conceptuales y perceptuales objetivos- aunque sí puede considerarse que cumplen cierta función en la comprensión, como, por ejemplo, la de determinar –si bien no la analiticidad misma sí –la mera impresión de analiticidad que puede considerarse asociada a enunciados como (5).

 

Analiticidad e irrevisabilidad

Finalmente, antes de recapitular y sintetizar las tesis principales, quisiera destacar un último punto. La defensa del concepto de analiticidad aquí presentada no involucra compromiso alguno con la tesis de que hay ciertos enunciados en el lenguaje cuya verdad es absoluta y no puede revisarse. Tal vez paradójicamente, esta tesis está estrechamente relacionada con la afirmación de que los enunciados analíticos en cuestión son verdaderos en virtud de hechos. ¿Cómo puede ser, dirá el crítico, que si hay hechos, y en particular, hechos semánticos, las verdades acerca de ellos, esto es, los enunciados analíticos, no sean absolutos, irrevisables? ¿No hay aquí una tensión entre el compromiso con la existencia de hechos semánticos, determinantes de vínculos conceptuales objetivos, por un lado, y la presunta revisabilidad de los enunciados acerca de ellos? Como podrá verse, el aire de paradoja se disipa en cuanto se adopta lo que podría llamarse "una actitud quineana" ante los hechos, según la cual los hechos no son trascendentes ni gozan de las prerrogativas de las Ideas platónicas sino que son naturales y, por tanto, cambiantes, limitados y finitos. (No es necesario aclarar que Quine no adoptó esta actitud en relación con los hechos semánticos, pero sin duda lo hizo con respecto a muchos otros hechos, en particular, los hechos físicos.)

Como se dijo más arriba, enunciados como (1), (2), (3) y (4) son verdaderos en virtud de hechos semánticos o hechos constitutivos de su significado, los cuales involucran, entre otras cosas (en particular, relaciones referenciales), relaciones conceptuales. Por más que a veces tales relaciones conceptuales puedan ser accesibles a la conciencia del hablante y por tanto resultar evidentes en el acto de comprender los enunciados pertinentes, no ocurre lo mismo con los hechos semánticos en su totalidad. Por lo tanto, no es cierto que tales enunciados puedan justificarse a priori, en virtud de su sola comprensión e independientemente del conocimiento de la teoría semántica (empírica) que nos permite identificar los correspondientes significados –del mismo modo en que nadie diría que "El agua es H2O" puede justificarse a priori, en virtud de su sola comprensión e independientemente del conocimiento de la teoría química (empírica) que nos permite identificar esa sustancia entre otras.

Esto abre claramente la posibilidad de que nuestros enunciados analíticos cambien, del mismo modo en que pueden cambiar los enunciados de cualquier teoría científica –y en estrecha correlación con ellos. Los enunciados analíticos dependen de los hechos semánticos, éstos están constituidos por relaciones semánticas; de modo que los enunciados analíticos son tan revisables como lo son las relaciones semánticas mismas. Los cambios en estas relaciones pueden deberse a múltiples motivos, tales como: (i) cambios de vínculos conceptuales y/o referenciales motivados por descubrimientos científicos y consiguientes cambios de teorías; por ejemplo, podría descubrirse que los olmos son arbustos, con lo que (2) dejaría de ser analítica para pasar a ser falsa; (ii) cambios de vínculos conceptuales y/o referenciales motivados por cambios de costumbres o de prácticas sociales e institucionales; por ejemplo, en una comunidad determinada, podría predominar la costumbre de llamar "soltero" a todos aquellos hombres adultos que no estuvieran casados por un rito religioso; (iii) cambios motivados por la incorporación de nuevas expresiones, debida a su vez a la aparición de nuevas hipótesis científicas, nuevas prácticas, medidas políticas, modas, etc; por ejemplo, la introducción de "cuerda", "chatear", "quedar atrapado en el corralito", "hacerse un casting", etc.

Asimismo, desde esta perspectiva, es posible afirmar que el realismo acerca de los significados y las relaciones semánticas (tanto conceptuales como referenciales) es perfectamente compatible con el relativismo conceptual: el que nuestros significados y, por tanto, nuestros sistemas conceptuales sean relativos a nuestras creencias y formas de vida, no implica que sean por ello menos reales u objetivos. Los significados son tan reales y objetivos como puede serlo cualquier producto de la cultura humana. Pero defender su realidad u objetividad no implica en modo alguno creer que se tiene un acceso epistémico privilegiado a ellos, del tipo del tradicionalmente considerado conocimiento a priori; muy por el contrario, lejos de resultarnos transparentes a la conciencia, las realidades humanas y sociales son las más oscuras y difíciles de comprender, por lo que requieren de todas nuestras capacidades epistémicas, y no sólo ni fundamentalmente del (tal vez dudosamente existente) conocimiento a priori.